Liberal sin neo

Canuto y José

Diferencia entre lo que se le puede exigir y lo que es capaz de hacer.

Guatemala enfrenta dos coyunturas de origen distinto que tienen alto impacto en la población. El aumento del precio de los combustibles ha provocado bloqueos, protestas y exigencias para que el gobierno provea una solución, mientras una severa falta de lluvias ha golpeado las cosechas de maíz y frijol, que constituyen parte de la alimentación de numerosas familias de ingresos modestos que complementan su consumo con agricultura de subsistencia. El segundo problema todavía no ha mostrado toda su dimensión; sus consecuencias pronto se harán más visibles.

Precios tope y subsidios crean costos y problemas mayores a los que buscan resolver.

En ambos casos se produce una misma exigencia: que el gobierno “resuelva” el problema. Es comprensible, porque el paradigma del contrato social, el sistema político, el aparato tributario, la educación y la retórica siembran la idea de que el gobierno está llamado a proteger a los miembros de la sociedad contra la adversidad y es capaz de resolver sus problemas. Hay una diferencia sustancial entre lo que se puede exigir de un gobierno y lo que es capaz de hacer; el precio internacional del petróleo y la lluvia no están bajo su control.

Por más eficientes que fueran en el gobierno, no tienen capacidad alguna para afectar el precio del petróleo y los combustibles. La expresión de descontento puede ser legítima, pero precios tope y subsidios crean costos y problemas mayores a los que buscan resolver. Todavía en el milenio pasado existían sociedades en las que se pensaba que reyes y brujos tenían dominio sobre las lluvias, que las podían invocar si la población obedecía y pagaba tributo. A pesar de la ideología de histeria climática que aún perdura, ni los gobiernos, la ONU y Donald Trump juntos pueden controlar el clima.

Las sequías e interrupción de recursos esenciales han acompañado a la humanidad desde tiempos remotos y en varias épocas contribuyeron a trastornar sociedades e incluso al colapso de civilizaciones enteras. El clima y la guerra han sido repetidamente una fuerza capaz de alterar la producción, provocar escasez, desplazar poblaciones y poner a prueba la estabilidad de las sociedades, mucho antes de que existieran gobiernos con la pretensión de administrar cada contingencia.

La leyenda cuenta que el rey Canuto, ante los aduladores de su corte, hizo colocar su trono frente al mar y ordenó a las olas detenerse. Las olas siguieron llegando. Resulta más pertinente la historia de José cuando interpreta el sueño del Faraón: siete años de abundancia serían seguidos por siete años de hambre. José no propuso que el Faraón controlara el clima o mandara la abundancia. Propuso guardar durante los años buenos una parte de la cosecha para disponer de ella cuando llegaran los años malos; utilizar la abundancia presente para resistir la escasez futura.

Esa lógica podría inspirar una política pública de largo plazo en Guatemala. Noruega destina ingresos de su petróleo a un fondo de previsión, preservando una parte de esa riqueza para el futuro en lugar de consumirlo todo en gasto corriente. Guatemala podría, por ejemplo, considerar abrirse a una mayor exploración y producción de petróleo y al desarrollo de la minería, bajo reglas claras y seguridad jurídica, y destinar las regalías e ingresos derivados de esos recursos a un fondo para contingencias extraordinarias. El fondo tendría fuertes candados y no podría convertirse en otra bolsa de gasto político de turno. También podría usarse para contratar seguros contra pérdidas de cosecha.

Hay muchas acciones y políticas que pueden servir en preparación para contingencias y situaciones extraordinarias. José es más instructivo que Canuto.

ESCRITO POR:

Fritz Thomas

Doctor en Economía y profesor universitario. Fue gerente de la Bolsa de Valores Nacional, de Maya Holdings, Ltd., y cofundador del Centro de Investigaciones Económicas Nacionales (CIEN).

ARCHIVADO EN: