Rincón de Petul
Cicatrices que moldean el futuro
Regresa la persecución institucionalizada contra quien tiene la piel más oscura.
Más de una vez se ha escuchado a la excanciller Ángela Merkel subrayar que su infancia y juventud en la Alemania Oriental —bajo un régimen comunista autoritario— marcaron de manera decisiva su trayectoria y su concepción de la libertad. Y cabe imaginarlo como la ley de Arquímedes, donde toda presión genera una fuerza en sentido contrario; así, cuanto más fue testigo de restricciones y abusos de poder, más se afianzó en ella el anhelo por el orden democrático y las garantías y certezas que en Occidente solemos resumir en lo que llamamos el “Estado de Derecho”. Lo sucedido con Merkel no es, ni de lejos, un caso aislado. Es, más bien, un ejemplo del llamado “efecto cohorte”: quienes se forman en una misma etapa histórica tienden a desarrollar sus posiciones sobre el poder, la autoridad y sus límites de manera compartida.
Hoy crece una generación, impactada por la brutalidad, en sus años más formativos.
Ese efecto no moldea únicamente opiniones. Define, también, las vocaciones, el trabajo, la vida y la determinación de los actores del mañana. Sucesos fuertes dejan huellas que tienden a quedarse impregnadas toda una vida. En lo personal, vi a mi padre abogar incansablemente por el humanismo y el poder civil. Reaccionaba, en parte, por repulsión al autoritarismo ubiquista que presenció en su niñez. Y a mi tío Enrique, presente en Europa durante los años de la guerra; él no lo permitía a uno dejar sin terminar comida en el plato. Aún ya viejo, pero con voz firme e indignada reprendía: “Durante la guerra, los niños no tenían qué comer”. Casos personales, como los que muchos tenemos, pero que se amplifican socialmente, también hacia tendencias mundiales futuras. En lo público, entonces, sabemos que a partir de lo de hoy, crecerán liderazgos fuertemente convencidos. Así como los de la posguerra mundial, que reaccionó así al trauma llevado al extremo: La limitación del poder, el fortalecimiento de las instituciones; las alianzas y el multilateralismo. La previsibilidad, como pilar innegociable.
Pero la guía, a partir de ese trauma colectivo, parece llegar a su fin. En el foro mundial de Davos, la semana pasada, el más aplaudido fue el canadiense Mark Carney, quien reconoció la ruptura de aquel orden mundial. El institucional, sí; en el amplio panorama mundial; pero, además, en el más profundo sentido filosófico, que define lo que es moralmente admitido. Ahí, un nuevo orden, sin pena ni vergüenza, se impone. “Los fuertes hacen lo que pueden” —resumió—, “y los débiles sufren lo que deben”. Esto, en el plano internacional, se traduce en intervenciones que fueron impensables tan solo unos meses atrás. Pero, también, en la eliminación de las garantías humanas básicas, en los órdenes internos. Lo que sucede en las grandes potencias no se quedará dentro de ellas. Los principios del mañana, hoy se están redefiniendo.
Hoy recordamos cómo, en los años de la posguerra, los descendientes de los jerarcas nazis hicieron lo posible para esconder su ascendencia. Cambiaron apellidos, en un intento por apartarse de una vergüenza heredada. En este tiempo de quiebre, volvemos a dividirnos en dos: entre quienes se acostumbran a las imágenes del abuso, y quienes sentimos que, con cada escena, algo esencial en nuestras vidas se rompe. Regresa la persecución institucionalizada contra quien tiene la piel más oscura. Y somos testigos de intimidaciones que quiebran la arquitectura mundial. Sí, habrá quien celebre esa lógica resumida por Carney esta semana en Davos… que el fuerte hace lo que puede, y que el débil sufra lo que debe. Pero esa misma potencia, que hoy se siente invencible, genera a su vez su irremediable antídoto. Hoy crece una generación, impactada por la brutalidad, en sus años más formativos. Los que temprano observan y que temprano aprenderán. Tal vez solo hace falta recordar que el efecto cohorte, siempre presente, tiene un núcleo moral. Y que la humanidad termina avergonzándose de sus momentos más oscuros.