Al grano
Derechas e izquierdas. ¿Cómo se miran unos a otros?
Una mirada crítica a los juicios cruzados entre izquierdas y derechas en el debate público guatemalteco.
En Guatemala, las redes sociales se han convertido en el escenario predilecto para el intercambio —y, a menudo, enfrentamiento— de opiniones políticas. Es común observar cómo los comentaristas de diferentes corrientes ideológicas, especialmente de derechas e izquierdas, se lanzan acusaciones mutuas, definiendo al otro por lo que consideran sus motivaciones más egoístas y no por sus ideas.
Las redes sociales se han convertido en un campo de batalla, más de recriminaciones que de ideas.
Por un lado, muchos comentaristas de derecha tienden a caracterizar a sus contrapartes de izquierda como personas interesadas en mejorar su propio bienestar a costa de los impuestos que pagan los empresarios. Se les acusa de buscar regulaciones que les aseguren salarios más altos y precios más bajos en los productos y servicios que consumen, lo cual, desde esta perspectiva, representa una forma de aprovecharse del esfuerzo y la inversión de quienes generan riqueza y empleo. Se les caricaturiza como una suerte de parásitos sociales.
Por otro lado, los comentaristas de izquierda suelen pintar a los representantes de la derecha —especialmente a los empresarios— como individuos que pretenden que el Estado, financiado por los impuestos de todos los contribuyentes, les provea de infraestructuras, incentivos fiscales, protección contra la competencia extranjera y una mano de obra local abundante y barata. Según esta visión, el empresariado buscaría beneficiarse no solo de su propio esfuerzo, sino también de los recursos públicos y de la regulación estatal a su favor. Se les caricaturiza como cazaprivilegios.
Lo preocupante de estas visiones polarizadas es que, cuando ambas partes ven al adversario como alguien esencialmente dedicado a sacar provecho propio —a expensas de los demás o del interés general—, se genera una atmósfera de recelo, resentimiento y confrontación. Se produce entonces una enemistad que trasciende el simple desacuerdo ideológico y dificulta el diálogo, la cooperación y, sobre todo, la construcción de soluciones que beneficien a la sociedad en su conjunto. Este clima es caldo de cultivo para la desconfianza y la radicalización, donde cada bando se atrinchera en sus prejuicios y deja de escuchar al otro. Muchos de los comentarios que se publican —demasiados, me parece— son insultos u ofensas que solo reflejan la pobreza intelectual de quienes los lanzan.
Sin embargo, conviene recordar que, aunque ciertamente existen personas en ambos extremos que pueden ver el mundo desde una lógica egoísta, la mayoría de quienes se identifican con posiciones de izquierda o derecha lo hacen por algún nivel de convicción en principios y valores que consideran fundamentales para el desarrollo de la sociedad. Las doctrinas políticas y económicas de cada lado tienen su historia y razón de ser, Reducir el debate a una lucha de intereses egoístas es simplificar en exceso la complejidad del pensamiento humano y la riqueza de las propuestas políticas.
En definitiva, un debate público que oscila entre las caricaturas y los prejuicios, en el que se renuncia a debatir ideas, prefiriendo lanzar insultos, no vale para nada. Guatemala necesita más debate informado y menos confrontación basada en juicios apresurados y en descalificaciones personales. Reconocer como punto de partida que las diferencias ideológicas pueden estar fundamentadas en principios genuinos podría ser un primer paso para construir una convivencia política más sana. Está claro que todos actuamos para mejorar y, en ese sentido, somos seres interesados; sin embargo, todos somos capaces de entender que, para mejorar, necesitamos vivir en una sociedad en la que “el respeto al derecho ajeno es la paz”, como acuñó Juárez.