Al grano
El Derecho Administrativo. ¿Para qué sirve?
La administración pública es un fenómeno complejo y muy sofisticado; no puede desarrollarse sin un marco jurídico adecuado.
Una administración pública no se justifica por la cantidad de oficinas que ocupa ni por el número de normas que cita para rechazar una solicitud. Se justifica cuando resuelve los asuntos a su cargo, aplica la ley con razonable eficacia y presta servicios útiles al ciudadano. En Guatemala, alcanzar ese objetivo exige algo más que buena voluntad: requiere un marco jurídico claro, coherente y moderno.
¿Cabe soñar con cosas como el gobierno digital? Con el marco de derecho administrativo vigente, es una utopía.
Hoy, la actuación administrativa se apoya en reglas dispersas, criterios distintos y procedimientos que varían entre instituciones. La actual Ley de lo Contencioso Administrativo es claramente insuficiente: se ocupa principalmente de la impugnación de decisiones administrativas y no ofrece una regulación completa de la actuación cotidiana de la Administración. Esa fragmentación genera incertidumbre para funcionarios y ciudadanos.
El problema no es menor. Cuando no existen reglas generales suficientemente definidas, aumenta el riesgo de decisiones contradictorias, demoras, formalismos innecesarios y arbitrariedad. También se debilita la confianza pública. Una administración imprevisible cuesta tiempo y dinero, frena inversiones y convierte trámites ordinarios en obstáculos.
Guatemala necesita una ley que regule, de manera integral y para todas las administraciones públicas, la parte general del derecho administrativo sustantivo y los procedimientos administrativos. No se trata de multiplicar normas, sino de ordenar lo esencial y unificar criterios. Esa ley debería establecer principios comunes: legalidad, objetividad, proporcionalidad, buena fe, transparencia, eficiencia, coordinación, responsabilidad y servicio al ciudadano.
Esos principios servirían como un “faro” para los funcionarios públicos. Les darían criterios consistentes para ejercer sus competencias, interpretar las normas, tramitar expedientes, emitir actos administrativos y dictar resoluciones. A la vez, fijarían límites claros al poder público y facilitarían la rendición de cuentas.
La misma ley debe definir procedimientos sencillos y previsibles. Toda persona debería saber dónde presentar una solicitud, qué requisitos debe cumplir, en qué plazo recibirá respuesta y qué recursos puede interponer. También debe establecer los cauces jurídicos para implantar el gobierno digital y aprovechar tecnologías de punta, incluida la inteligencia artificial, con seguridad, transparencia y respeto de los derechos ciudadanos. Así, el derecho constitucional de petición dejaría de depender de prácticas distintas en diversas entidades y podría ejercerse con mayor certeza y confianza.
No es necesario partir de cero. Las leyes españolas de 2015 ofrecen un modelo útil de actualización y ordenación, adaptable a nuestra realidad constitucional e institucional. La regulación guatemalteca también debe integrar los cauces para adquirir bienes y servicios, gestionar los recursos hacendarios y desarrollar infraestructura pública. Construir y mantener carreteras, hospitales, escuelas y sistemas de agua requiere decisiones válidas, coordinación, contratos bien gestionados y responsabilidades definidas. Los servicios públicos, a su vez, exigen continuidad, calidad, supervisión y mecanismos eficaces para atender reclamos.
Una ley general no resolverá por sí sola todas las deficiencias del Estado. Pero sí puede ofrecer una base común para mejorar su funcionamiento, capacitar a los servidores públicos con criterios uniformes, reducir conflictos, simplificar trámites y dar mayor seguridad jurídica a ciudadanos y empresas.
La eficacia administrativa no es enemiga de la legalidad. Al contrario: una administración puede actuar mejor cuando sabe con claridad qué puede hacer, cómo debe hacerlo y qué derechos debe respetar. Guatemala necesita ese faro. Contar con una ley general de derecho administrativo sustantivo, procedimiento administrativo, licitaciones y contratos administrativos sería un paso concreto para construir instituciones más eficaces, confiables y orientadas al ciudadano.