Aleph
El desafío de pensar
Venezuela, como tantos países latinoamericanos, viene de una larga tradición de corrupción.
Ni el gobierno de Maduro era una democracia ni la acción del gobierno de Trump en Venezuela fue una liberación. No hay que romantizar la mentira ni la locura. A lo largo de la historia, ningún imperio o potencia ha tenido amigos, solo intereses. Para lograr sus objetivos, han usado primero el poder blando, que incluye la diplomacia, el comercio o la cultura. Cuando esto no les funciona, acuden a la fuerza y la violencia.
Las palabras democracia, libertad, soberanía, ley y justicia son hoy parte de un menú a la carta.
Las decisiones estratégicas y políticas, generalmente, se han tomado en nombre del pueblo, la democracia y la libertad, pero la congruencia entre las palabras y las acciones se cae cuando el liderazgo de una potencia se debilita y ya no tiene recursos para convencer, más que la fuerza. Estados Unidos, que tantas veces antes y según sus propios documentos desclasificados usó la democracia y la libertad como pretextos para intervenir en distintos países del mundo donde apoyó dictaduras durante el siglo XX, lo volvió a hacer. Esta vez, barriendo la soberanía de Venezuela y olvidándose de los límites que impone el derecho internacional.
“Nada une a la gente más deprisa y con más fuerza (aunque de forma efímera y poco estable) que un enemigo común”, dice Elif Shafak en La bastarda de Estambul. Y el enemigo común de muchos ha sido Maduro, no solo porque así lo definió él mismo tantas veces durante su gobierno, sino porque la mass media se encargó de dibujarle, además, los cachos, el tridente y la cola. Sin duda, los venezolanos exiliados, los que se cuelgan de las ideologías sin filtros racionales, o las hordas de simpensantes, vean reflejada su felicidad inmediata en el espejo de esta acción militar, unos con razón y otros por no acudir a ella, pero no hay que quedarse allí. Hay que ir un poco más lejos. China avanza en silencio y con paciencia en el mundo y otras potencias aprenden lo fácil que puede ser tirar por la borda los acuerdos que, como civilización, hemos alcanzado en materia de derecho y justicia internacional. Es la civilización la que se ve afectada, otra vez.
Venezuela, como tantos países latinoamericanos, viene de una larga tradición de corrupción que inició mucho antes de Chávez y vibró con Maduro. La democracia era allí apenas un juego del lenguaje, como lo es en tantos otros países hoy. ¿Justificaba eso que Trump capitalizara al enemigo común y, en nombre de la libertad, interviniera Venezuela, un país rico en petróleo, recursos hídricos, gas y otros minerales como el oro, diamantes, bauxita y coltán? No cabe duda de que el significado de las palabras está determinado por su uso, según el contexto donde se inscriben. Las palabras democracia, libertad, soberanía, ley y justicia son hoy parte de un menú a la carta que no pasa por la conciencia de muchos de quienes gobiernan el mundo. Cada quien les da el significado que quiere y las usa como comodines, para lograr sus objetivos y azuzar a las masas a través de las redes sociales.
¿Cómo beneficiará esto a Venezuela, a la región y al mundo en el tiempo? ¿Quién será el próximo? Nunca antes había sido tan necesario pensar y tomar conciencia del mundo que habitamos. En estos tiempos de incertidumbre, engaños e inteligencia artificial, es un imperativo pensar, dudar, cuestionar, sostenerse sobre principios, desarrollar la conciencia de los otros en el mundo. Porque la realidad solo puede ser comprendida a través de la consciencia y la atención plena que ponemos en ello. Maduro fue traicionado y entregado por el mismo chavismo (menos los 60 fieles que dieron la vida por él) y Trump insistirá en un Premio Nobel por la Paz. ¿No ven estos y otros señores que, además de los juegos del lenguaje, están jugando con el mundo que es de todos y poniendo en riesgo a la humanidad?