Punto de encuentro
El imperialismo desbocado de Trump
EE. UU. se retrotrae al siglo XIX para intentar reforzar su hegemonía en el siglo XXI.
Así titula El País de Madrid una extensa nota en su edición del domingo 11 de enero en la que hace un recuento de las acciones y decisiones del presidente de los Estados Unidos, Donald Trump, desde que se hizo pública la nueva doctrina de seguridad nacional de su administración. Esta retoma la tristemente célebre estrategia “América para los americanos” de la doctrina Monroe de hace dos siglos, que dio pie a todas las intervenciones estadounidenses en nuestra región. En política exterior, Estados Unidos se retrotrae al siglo XIX para intentar reforzar su hegemonía en el siglo XXI.
Ya antes de hacerla pública, Trump había dado suficientes muestras de no tener empacho en intervenir de manera directa y sin disimulo en la política interna de los países de América Latina y desconocer las normas más básicas del derecho internacional a la soberanía y la autodeterminación de los pueblos. La intromisión en las elecciones de medio término en la Argentina, que incluyeron no solo la retórica, sino una inyección de miles de millones de dólares como salvataje para el gobierno de Javier Milei, dejó muy claro hasta dónde estaba dispuesto a entrometerse.
Luego vino el despliegue de una flota de guerra en el mar Caribe que incluyó al portaviones más grande del mundo, el USS Gerald R. Ford y las ejecuciones extrajudiciales (como fueron calificadas por expertos de las Naciones Unidas) de más de cien personas a las que el Gobierno estadounidense señaló de narcotraficantes, sin pruebas.
En las elecciones hondureñas tampoco tuvo pudor en meter su “cuchara”. A través de un mensaje días antes de la elección, en su red, Truth Social, Trump llamó a votar por el candidato conservador Nasry Tito Asfura y atacó a los otros dos contendientes. Pero además, evidenciando su doble rasero, anunció el indulto para el expresidente Juan Orlando Hernández, del mismo partido que Asfura, que cumplía una condena de 45 años dictada por un tribunal estadounidense por dirigir un “narco-Estado” y traficar cientos de kilos de cocaína hacia los Estados Unidos.
Se trata del petróleo y las tierras raras, aunque se disfrace de guerra contra el narco.
Ya todo esto era suficientemente grave. Pero con el ataque a Venezuela y el secuestro de Nicolás Maduro y su esposa, Cilia Flores, el gobierno de Trump atravesó una línea que destruye el frágil orden internacional que se estableció luego de la Segunda Guerra Mundial y evidencia que la única ley que existe es la que él mismo imponga. “Mi propia moralidad. Mi propia opinión. Es lo único que puede detenerme. No necesito leyes internacionales”, dijo el magnate al diario The New York Times en una entrevista.
Justificar este acto ilegal e injerencista partiendo únicamente del autoritarismo del régimen venezolano es obviar la gravedad que supone el que un país con el ejército más poderoso del mundo se sienta con carta blanca para atacar a cualquier otro, como ya lo advirtió el papa León XIV, el secretario general de la ONU, el Congreso estadounidense y decenas de líderes políticos y referentes.
Como no se cansa de dejar claro Trump (el viernes pasado lo hizo rodeado de los empresarios de las grandes multinacionales petroleras), la agresión a Venezuela no tiene nada que ver con la democracia; se trata del petróleo y las tierras raras, aunque se disfrace de guerra contra el narco. Para no dejar dudas, sin desparpajo, Donald Trump también amenazó a México, Colombia, Cuba y hasta a Groenlandia, a la que quiere anexionar “por las buenas o por las malas”.
La historia de América Latina y el Caribe, y la de Guatemala en particular, da cuenta de las razones y consecuencias de las intervenciones de los Estados Unidos en nuestros países. Los gobiernos de la primavera democrática truncados y las dictaduras con sus miles de muertos y desaparecidos son motivos suficientes para rechazarlas.