Imagen es percepción
¿Es Trump el Anticristo?
Aunque cada época ha fabricado su propio Anticristo —Napoleón, Hitler, Stalin, Obama—, lo que vive el mundo hoy es un momento sui generis.
En un mundo atravesado por crisis y tensiones permanentes, muchas personas han comenzado a mirar la política no solo desde el poder y la estrategia, sino también desde una dimensión espiritual, religiosa y bíblica. Entonces, se repite insistentemente una pregunta: ¿es Donald Trump el Anticristo? No surge desde iglesias, universidades ni de seminarios teológicos. Nace en X, TikTok, YouTube y foros digitales donde la geopolítica se mezcla con la profecía, y el miedo colectivo busca símbolos para explicarse.
Donald Trump, una de las figuras más enigmáticas de la política mundial, es capaz de despertar interpretaciones que van mucho más allá del poder.
La narrativa no se activa solo por su figura, sino por el contexto. Trump tiene una fijación con “la Paz”; de hecho, se molestó mucho por no haber ganado el premio Nobel de la Paz. No habla de paz como aspiración moral, sino como resultado del poder. Su propuesta de una “Junta de Paz”, concebida como alternativa práctica al multilateralismo tradicional, plantea acuerdos rápidos, duros y eficaces. Para ciertos sectores religiosos, una “paz impuesta”, concepto que en la Biblia aparece asociado a tiempos de confusión.
A ello se suma un hecho políticamente inusual, Trump logró respaldo simultáneo de Israel y de varios países árabes. Los Acuerdos de Abraham, promovidos por él, normalizaron relaciones históricamente impensables sin resolver el conflicto palestino. En términos estratégicos, fue un rediseño del tablero de Oriente Medio. En términos simbólicos, para muchos creyentes, fue una señal. La Biblia habla de pactos de paz alrededor de Israel; las redes hacen el resto. “Y cuando digan paz y seguridad…”.
De ahí nace la comparación que circula en redes: Trump como “el Ciro moderno”. El rey persa Ciro el Grande permitió, mediante un decreto, la reconstrucción del Templo de Jerusalén sin ser judío ni religioso. Trump es comparado con él porque, desde el poder político y sin motivación espiritual explícita, tomó decisiones clave a favor de Israel que algunos interpretan como continuidad histórica.
El punto más delicado es el del Tercer Templo. Trump nunca anunció su construcción. Sin embargo, su política reactivó conversaciones que durante décadas permanecieron contenidas. Existen movimientos religiosos que promueven esa idea y que encontraron en su presidencia un clima favorable, no por decreto, sino por alineación política. En las redes, esa diferencia se diluye con facilidad.
¿Encaja todo esto con la figura bíblica del Anticristo? Según las Escrituras, el Anticristo no se presenta como villano, sino como solucionador. Promete paz, establece pactos, concentra poder y genera adhesión masiva. Pero también reclama adoración, liderazgo espiritual global y sustitución de la fe. Ahí Trump no encaja plenamente. Por ahora. no se proclama divino, no elimina religiones ni encabeza un sistema espiritual totalitario. Instrumentaliza la fe, tal vez, pero no la reemplaza.
Aunque las profecías bíblicas describen una secuencia de acontecimientos que, para muchos creyentes, ya se han venido cumpliendo a lo largo de la historia, la aparición del Anticristo sigue siendo uno de los episodios pendientes dentro de la narrativa escatológica. Nadie puede afirmar, pero tampoco descartar, que Donald Trump encaje en esa figura. No porque se haya manifestado plenamente como tal —no lo ha hecho—, sino porque el personaje, según la Biblia, no se revela de inmediato en toda su dimensión. También es posible que ese rol recaiga en otro actor aún desconocido. Lo que sí resulta evidente es que el escenario geopolítico que Trump impulsa —con pactos disruptivos, una paz construida desde el poder y un reordenamiento de alianzas históricas— abre el camino y crea las condiciones que muchos textos bíblicos describen como el terreno previo para la aparición de ese personaje.