Meta humanos
Generación de cambio
Hoy me dirijo a cada adulto: mírense al espejo y reconozcan la responsabilidad que llevan.
En Guatemala, la crisis de movilidad ya no es solo un problema de tráfico. Es una crisis de salud pública, de oportunidades y de futuro. Cada día se hace más evidente en nuestros hospitales, en nuestras familias y, sobre todo, en la vida de jóvenes que están pagando un precio demasiado alto por la falta de opciones seguras para moverse, crecer y desarrollarse. A finales de julio de 2023, mientras trabajaba con Biciudad en la construcción de una propuesta de Ley de Movilidad y Seguridad Vial, recibí una llamada que cambió por completo mi perspectiva. Mi tía abuela, de 82 años, había sido atropellada por una mujer en motocicleta que se pasó un semáforo en rojo. Ella intentó huir. No tenía licencia, no contaba con seguro y la moto era prestada.
¿Qué significa vivir en un país donde la mayoría es joven?
Fue llevada al Hospital General San Juan de Dios. Tras casi 12 horas de espera, aún no recibía atención adecuada. Con el tobillo destrozado y una herida abierta en la cabeza, decidimos trasladarla a un sanatorio privado. Los primeros gastos superaron los Q12 mil y, tras cirugías y tratamientos, pasaron de Q30 mil. A eso se sumó lo invisible: el impacto emocional, la reorganización del hogar y meses de atención constante. Aunque volvió a caminar, las secuelas persisten y el proceso legal sigue siendo otra carga. En ese momento, la urgencia de una ley dejó de ser teórica y se volvió personal. A inicios de 2024, otro hecho golpeó a nuestro entorno. Un joven hondureño de 17 años se cercenó la punta del dedo índice tras una mala maniobra en la motocicleta que conducía. Estaba solo en Guatemala. Lo acompañamos y terminamos sosteniéndolo económica y emocionalmente. En el Hospital Roosevelt la escena se repetía: camillas llenas y un flujo constante de heridos en moto. Recuerdo a un niño de 14 años que ingresó sin dos dedos de la mano izquierda. Pensé que un niño así debería estar sobre una bicicleta, no sobre una motocicleta. Estos accidentes saturan hospitales, desvían recursos y les quitan atención a otros pacientes. Además, golpean directamente nuestra fuerza laboral y nuestro bono demográfico. Guatemala es un país de jóvenes: alrededor del 62% de la población tiene menos de 30 años. Más que leer la cifra, debemos preguntarnos: ¿qué significa vivir en un país donde la mayoría es joven? Como educador, me hago esta pregunta todos los días. Al levantarme y mirarme al espejo, no veo solo a “Hugo”. Veo a alguien con el poder de influir —para bien o para mal— en la sociedad guatemalteca. Los jóvenes son profundamente receptivos. Lo que decimos, cómo lo decimos y lo que hacemos deja huella.
“Profe, ¿usted cree que Guatemala puede cambiar?”. Mi respuesta importa. Si siembro duda o resignación, ellos lo creerán y la profecía se cumplirá sola. Los jóvenes tienen una capacidad inmensa de soñar y cuentan con el tiempo y la energía para convertir esos sueños en realidad. Hoy me dirijo a cada adulto: mírense al espejo y reconozcan la responsabilidad que llevan. Son ejemplo. Son influencia. Si les decimos a los jóvenes que caminar seguros nunca será posible, lo creerán. Si les repetimos que jamás habrá transporte público digno y multimodal, dejarán de soñar y, por consecuencia, no trabajarán por hacer esto realidad.
Tras preguntarme incontables veces qué significa vivir en un país en donde los jóvenes son la mayoría, he llegado a comprender que lo más importante que podemos hacer es empoderar a cada joven para que crea que puede transformar su entorno. Porque vivir en un país donde los accidentes viales son la segunda causa de muerte violenta no es el sueño; cambiar esa realidad, sí puede serlo.