Rincón de Petul

Good hombre: Bad Bunny

El cantante puertorriqueño está en la cima de la música mundial.

Mis cuñados compraron en reventa entradas para un concierto de Bad Bunny que será en julio de 2026. Recurrieron a una reventa autorizada, pues la original se agotó en cosa de horas. Y esto no pasó en Latinoamérica, ni siquiera en EE.UU. Ocurrió en Suecia, en una arena para más de 60 mil personas.

Nos llamaron malos y surgió una contracorriente.

El cantante puertorriqueño está en la cima de la música mundial. Pero eso no es necesariamente lo más relevante, sino qué ha hecho con su fama y con su inmensa plataforma. Sus números -sí- impresionan: En Spotify volvió a encabezar las reproducciones globales, en una era en la que el streaming tiene el 92% del consumo musical. En conciertos, la gira #DTMFWorldTour, se perfila desde ya como una aplanadora: cerca de un centenar de presentaciones, más de 20 ciudades, cuatro continentes. Y en redes su parlante es más grande que el de figuras mayúsculas; por ejemplo, en Instagram, sus 51 millones de seguidores superan por once a Donald Trump. Y ahí cae la relevancia de un Benito Martínez Ocasio, latino orgulloso. No es solo su audiencia, sino el mensaje que le entrega.

Ciertamente, desde su género, puede que Bad Bunny no sea aceptado por generaciones mayores, donde abunda quien no se prende con ese ritmo. Al reggaetón se le critica también por su letra, por vacía, mundana, e, incluso, vulgar. Se entiende, pues quienes pintamos canas no somos su público objetivo. Pero hay una observación que hoy resulta trascendental, y me refiero en especial a su último álbum, Debí Tomar Más Fotos. Bad Bunny no conecta solo desde la música. Conecta también porque -sin pedir permiso- pone un pedazo de Latinoamérica en alto. Y de paso, nos alza también a los demás. Construye un orgullo compartido: la hispanidad americana, nuestros barrios, nuestras casas… nuestras familias. Y, encima, lo dedica a quienes se tuvieron que ir de estas tierras de expulsados. En momentos fríos, calienta el corazón de quienes añoran volver. Y en el escenario, es uno de nuestros embajadores más relevantes frente a millones; sea en Estocolmo, en Sídney o Los Ángeles. El momento no es casualidad: esto es oportuno.

Cuando Trump bajó de su escalinata dorada en 2015, introdujo un discurso sobre los hispanos, que se propagó como humareda tóxica. Nos metió en “lo peor de lo peor”. Nos puso una etiqueta: los “bad hombres”. Explotaron la zozobra y el sufrimiento; la vergüenza y la confusión. Algunos, incluso, cayeron en el malinchismo, simpatizando con su propia destrucción. Se requiere claridad para asumir la responsabilidad de levantar la cara. Y esto, es precisamente lo que hace Bad Bunny: con letras sin complejos; con vídeos que se mofan del insulto radical. Y, notablemente, su discurso en el escenario de los Grammy, poniendo en pantalla lo obvio: “No somos salvajes… somos humanos”.

Ahora, hoy Bad Bunny protagonizará el mayor evento de la cultura estadounidense: el show de medio tiempo en el Super Bowl. Coincido con el autor Lucas Bean; esta fue una movida estratégica de la NFL que responde a verdades inocultables: Que el futuro de aquel país es bilingüe y bicultural. (Yo diría multicultural). Que los hispanos son su grupo demográfico más joven; y que -en ascenso- ya rondan la quinta parte de su población total, con más de $3 billones en capacidad de consumo. La marea MAGA respondió con furia. Incluso organizó un evento alternativo de cantantes blancos. Imagino que el boricua sonrió cuando conoció la intención. Los boicots, al fin, suelen dar publicidad extra a lo que buscan hundir. Hoy, desde California hasta el último rincón del mundo, millones sintonizarán. Nos llamaron bad hombres y surgió una contracorriente. Grande, Benito.

ESCRITO POR:

Pedro Pablo Solares

Especialista en migración de guatemaltecos en Estados Unidos. Creador de redes de contacto con comunidades migrantes, asesor para proyectos de aplicación pública y privada. Abogado de formación.