Mirador
Invita el gobierno, usted paga
El gobernante aparece como benefactor y el contribuyente rara vez hace la cuenta completa.
Imagínese que paga Q100 en impuestos. Una gran parte de ese dinero se utiliza para mantener la administración pública y financiar sus elevadísimos salarios, privilegios y ocurrencias. Otra muy pequeña regresa a los ciudadanos mediante servicios, transferencias y ayudas, pero no a todos ni en igual proporción. Supongamos que, de esos Q100, Q20 terminan destinados a subvenciones. Evidentemente, no pueden regresar todo a cada uno de quienes aportaron Q100, así que para que algunos reciban proporcionalmente más, otros necesariamente recibirán menos. El objetivo consiste entonces en conseguir que mi grupo sea el más favorecido. ¿Entendió al mismo tiempo para qué sirven los grupos de presión?
Frédéric Bastiat lo expresó provocadoramente en el siglo XIX: “El Estado es la gran ficción mediante la cual todos intentan vivir a expensas de todos los demás”.
Subvención suena a ayuda, regalo, generosidad. El gobierno anuncia que subvencionará los combustibles y el ciudadano entiende que alguien acaba de poner dinero de su bolsillo. Falta una pregunta elemental: ¿de dónde salió? Porque el Estado no produce los recursos que reparte, sino que los obtiene principalmente de impuestos o deuda que usted, sus hijos y nietos deberán pagar. Cuando se subvenciona algo, por tanto, no aparece un benefactor externo que paga la cuenta, más bien unos ciudadanos están financiando, directa o indirectamente, el beneficio que reciben otros.
Frédéric Bastiat lo expresó provocadoramente en el siglo XIX: “El Estado es la gran ficción mediante la cual todos intentan vivir a expensas de todos los demás”. Su conocida reflexión sobre lo que se ve y lo que no se ve sirve también para entender el mecanismo. Vemos el beneficio inmediato, pero resulta más difícil identificar su costo y quién lo soporta.
La subvención de los combustibles —antes y ahora— permite entenderlo. El gobierno reduce temporalmente el precio que pagan los consumidores mediante recursos públicos. El conductor ve inmediatamente el resultado: paga menos por cada galón. Lo que resultaba menos visible es que la diferencia no se ha evaporado, porque alguien la está pagando, sino que es cubierta por el conjunto de quienes financian al Estado: usted y el resto de quienes pagamos impuestos que, por cierto, no somos todos.
Aquí aparece una manifiesta injusticia: una persona que no posee automóvil también paga impuestos, y parte de esos recursos son destinados para abaratar el combustible de quien sí tiene vehículo. Ocurre, por consiguiente, que alguien con menores ingresos —“los más pobres que dicen los políticos”— contribuye a financiar el combustible de alguien con mayor capacidad económica. Igual para con la electricidad.
Y de nuevo regresamos a los Q100 iniciales. Si todos contribuimos a una bolsa común y después diferentes sectores compiten para recuperar de ella la mayor cantidad posible, aparece un incentivo evidente: organizarse para conseguir un trato favorable. Transportistas, agricultores, industriales, consumidores, sindicatos, cámaras o cualquier otro sector tienen razones suficientes para intentar que el beneficio que reciben sea superior al costo que soportan.
El problema es que aquello resulta perfectamente racional para cada grupo y ruinoso para el conjunto. Todos quieren recuperar cien de las bolsas a las que, después de atender otras obligaciones públicas de gestión, dietas, sueldos, carros oficiales y celulares, solo le queda una parte pequeña de dinero para devolver a cada uno. En el proyecto de presupuesto 2027 se contempla, 70.2% para funcionamiento y 12.8% de pago de deuda. Es decir: 83% evaporado.
Por eso, cuando el gobierno anuncie que pagará una parte de nuestra gasolina, electricidad o transporte, antes de celebrar cuánto nos dará convendría hacer una pregunta simple, sencilla: ¿Cuánto puse yo, cuánto me están devolviendo y quién se quedó con la diferencia? Verá cómo no lo ve tan alegremente.