Al grano

La carrera hacia la cúspide: el verdadero reto electoral

Los procesos electorales suelen verse como una amenaza cuando se piensa que nadie puede mejorar sin que otro necesariamente empeore.

Los guatemaltecos nos preparamos, una vez más, para emprender un camino decisivo. Es una encrucijada que divide a las naciones en dos categorías fundamentales: aquellas que preservan un gobierno del pueblo, por el pueblo y para el pueblo, y aquellas que sucumben al autoritarismo.

Los procesos electorales pueden ser un medio para forjar consensos para que todos mejoren de situación.

En esta antesala, el panorama social se fragmenta. Los grupos y sectores que gozan de una situación satisfactoria temen que el resultado electoral afecte su situación o la estabilidad de sus negocios. En el otro extremo, quienes viven en unas circunstancias insatisfactorias anhelan que las urnas traigan el alivio que no ha llegado. Es un escenario donde predominan los temores y las aspiraciones individuales, pero donde pocos, relativamente, se detienen a pensar en el bien común por encima de su situación particular.

Ante este clima de incertidumbre, se desencadena un fenómeno económico bien documentado por Daron Acemoglu y James A. Robinson. Los empresarios, temerosos de que el proceso político traiga consigo incrementos en impuestos, aumentos salariales obligatorios o cargas sociales, reaccionan invirtiendo sus capitales en tecnología orientada a la automatización sustitutiva. Es decir, tecnología diseñada para reemplazar trabajadores por máquinas y reducir la dependencia de la mano de obra.

Esta decisión genera una peligrosa reacción pendular. Al aumentar el desempleo y la precarización, la presión social empuja al sistema político a responder con regulaciones rígidas: limitaciones severas a los despidos, costos indemnizatorios altos y controles estrictos a las relaciones laborales. La respuesta empresarial ante este cerco suele ser la fuga de capitales, lo que a su vez tienta a los gobiernos a imponer controles de cambio y restricciones de flujo de divisas. Es una espiral destructiva, una auténtica “carrera hacia el fondo” donde todos pierden.

Existe, sin embargo, un camino alternativo. Siguiendo la tesis de Acemoglu y Robinson, la solución no radica en frenar la tecnología ni en castigar al capital, sino en reorientar los incentivos. El desafío del Estado consiste en construir las condiciones jurídicas, las políticas públicas y las instituciones necesarias para que las empresas encuentren atractivo demandar tecnología que aumente la productividad del trabajador, en lugar de sustituirlo.

Se trata de impulsar una “carrera hacia la cúspide”. El objetivo debe ser aprovechar las innovaciones extraordinarias de nuestra época —como la inteligencia artificial y la digitalización— para potenciar la capacidad de cada obrero, técnico y profesional. Cuando una empresa adopta tecnología que multiplica la producción de su fuerza laboral, los salarios pueden subir de forma sostenible, los márgenes empresariales crecen y la economía nacional se fortalece.

El gran obstáculo para lograr este equilibrio es percibir la política como un juego de suma cero, donde las elecciones solo sirven para redistribuir a la fuerza la misma tarta de siempre, quitándole a unos para darle a otros.

Si logramos cambiar esa visión y asumimos el proceso electoral como la oportunidad de crear un marco institucional que haga crecer la tarta para todos, la democracia deja de ser una amenaza. Solo así las elecciones generales se transformarán en lo que verdaderamente deben ser: una gran oportunidad para el progreso compartido de Guatemala.

ESCRITO POR:

Eduardo Mayora

Doctor en Derecho por la Universidad Autónoma de Barcelona y por la UFM; LLM por la Georgetown University. Abogado. Ha sido profesor universitario en Guatemala y en el extranjero, y periodista de opinión.

ARCHIVADO EN: