Catalejo

La escondida realidad de una victoria electoral

La manera de analizar el resultado electoral debe ser cambiada para entender dos factores fundamentales: la popularidad de quien gana y el concepto de mayoría.

En muchos sistemas democráticos, la victoria electoral se logra por la diferencia de votos entre los candidatos con primero y segundo lugar. Entonces, existe la posibilidad de diferencia de un solo voto o una cifra mínima, si se habla en términos porcentuales, lo cual de hecho constituye un empate. Tal resultado así no es motivo de orgullo ni se debe actuar como si fuera una meta deseable. Puede ocurrir en todos los países. Dos ejemplos: en Estados Unidos, George Bush hijo venció a Al Gore porque tuvo 537 votos electorales. Hilary Clinton logró más votos ciudadanos pero fue vencida a causa de ese tipo de votos —una de las peculiaridades del sistema electoral de ese país. En Colombia, hace pocos días De la Espriella ganó por poco margen porcentual.

Los gobiernos, al tener mínima diferencia de votos en la elección final, poseen muy escasa popularidad.

La manera de analizar el resultado electoral debe ser cambiada para entender dos factores fundamentales: la popularidad de quien gana y el concepto de mayoría. Este último debería referirse a la totalidad de ciudadanos inscritos para votar, no sólo a los votos válidos. Un derecho individual es el de no participar en las elecciones, lo cual impide alcanzar más de la mitad de sufragios y por tanto impedir el concepto de victoria por mayoría del total, una posibilidad de todos modos muy difícil. Como resultado, los gobernantes ganan por tener más votos dentro de una minoría, lo cual no significa una mayoridad real y convierte a los períodos presidenciales en una mayoría dentro de la minoría, y con ello no tener representatividad del pensamiento y deseos mayoritarios.

Las matemáticas electorales deberían ser así: a la cifra de ciudadanos inscritos restarle quienes no votan por decisión voluntaria. A este número, reducirle los votos nulos, y allí buscar la mayoría de sufragios de quienes decidieron votar. A quien obtiene la victoria con esta mayoría, se le deben restar los obtenidos por el derrotado. Por tanto, es una diferencia con posibilidades de llegar a ínfimo, pero quien obtiene la presidencia jamás lo admitirá y, lejos de ello, insistirá cuantas veces pueda de ser el ganador de una mayoría en realidad inexistente. Por supuesto, esta es la forma como está organizado legalmente el sistema, y ha funcionado porque beneficia a los políticos. Pero es un espejismo y sin duda cambiarlo para beneficiar a la democracia, entra en la utopía.

La democracia ha sido definida como el menos malo de los sistemas de gobierno, pero en el caso de Guatemala de hoy se puede hablar de “menos peor”. En las dos primeras elecciones, los votos fueron marcados para quienes los ciudadanos aceptaban: Vinicio Cerezo y Jorge Serrano le ganaron a Jorge Carpio; Álvaro Arzú a Alfonso Portillo (oficial); Portillo a Oscar Berger (oficial); Berger a Álvaro Colom; Colom a Otto Pérez Molina y él a Manuel Baldizón. Jimmy Morales, Alejandro Giammattei y Bernardo Arévalo derrotaron a Sandra Torres, monarca del voto en contra y actualmente en plena campaña para una cuarta vez y por ello una cuarta derrota en 2028. Arévalo con popularidad, ahora disminuida, y obtuvo votos dirigidos a él y otros en contra de su adversaria.

Las elecciones deben ser ganadas por la mayoría de la mayoría de votantes. Las normas deben incluir el derecho ciudadano de no ser agregado, o ser borrado, del padrón electoral. Admitir la creación de partidos, pero reducir a dos el número de participaciones, las relaciones familiares entre miembros de partidos diferentes, para evitar los clanes. Cambiar la manera de contar los votos, escoger entre empresas encuestadoras a aquellas con experiencia. Limitar la colocación de carteles con propaganda electoral y obligar a los partidos a recogerlos al terminar cada una de las dos vueltas. Limitar las acciones legales cuyo resultado sea eliminar la confianza en los resultados porque esto provocará participación muy reducida o mínima, lo cual disminuye o elimina la solidez de los gobiernos.

ESCRITO POR:

Mario Antonio Sandoval

Periodista desde 1966. Presidente de Guatevisión. Catedrático de Ética y de Redacción Periodística en las universidades Landívar, San Carlos de Guatemala y Francisco Marroquín. Exdirector de la Academia Guatemalteca de la Lengua.