Meta humanos
La historia avisa
Los tiempos cambiaron. Los ciudadanos también.
“Se nos ha incitado a renunciar a la valentía, a hacer de la cobardía una virtud”, escribe Roberto Calasso en La actualidad innombrable. Me niego a creer que esa sea la realidad en Guatemala, a pesar de que existe una narrativa que busca convencernos de que entre la corrupción y la política hay un matrimonio inquebrantable. Muchos hemos escuchado la frase “cada pueblo tiene el gobierno que se merece”, la cual sugiere que los gobernantes son un reflejo de la cultura, los valores y la indiferencia de la sociedad que los elige.
El más fuerte es quien sabe leer los tiempos y se adapta a los cambios.
Hago un llamado a convertirnos en nobles de corazón; que la hidalguía de espíritu sea nuestro norte. Recordemos que esta es la tierra de los volcanes: majestuosos, indomables; para algunos, dormidos. Pero quien observa con paciencia sabe que el volcán siempre avisa: un temblor leve, una bocanada de humo distinta, señales pequeñas e imperceptibles para los distraídos. Por fuera parece quieto, pero por dentro está vivo. Y un día, sin aviso para quien no quiso mirar, se manifiesta y redefine el paisaje por completo.
Estamos en un momento en el que conviene decirlo con claridad, especialmente en un medio como este: los ciudadanos no somos los mismos de antes. Y esa realidad impone una tarea doble: acompañar y exigir a quienes ostentan el poder, y recordarles que la autoridad no es licencia, sino carga. Por eso hago un llamado a la nobleza de espíritu: a actuar con valentía y con un serio sentido de responsabilidad. Hoy, la Corte Suprema de Justicia, el presidente y el Congreso tienen la oportunidad —y el deber— de garantizar nuestro futuro, cada uno desde el ámbito que la ley le asigna.
El país, en medio de sus preocupaciones y angustias, espera decisiones. Y está cada vez más dispuesto a observarlas, cuestionarlas y recordarlas. Lo que se exige no es perfección, sino probidad: que se designen personas capaces, íntegras y con conocimiento de causa; que las decisiones sean transparentes y congruentes; que el criterio sea la idoneidad y no la conveniencia; que el compromiso sea con la justicia y no con el aplauso o el bolsillo. Hoy, en medio de la turbulencia, es difícil llamar a la serenidad. Pero cada vez son más quienes perciben el cambio real en la ciudadanía.
El volcán ha comenzado a temblar y el cielo se siente diferente. Algunas personas malinterpretan a Charles Darwin: la teoría de la evolución no sostiene que el más fuerte destruye al más débil; el más fuerte es quien sabe leer los tiempos y se adapta a los cambios. Es quien presta atención y entiende cuándo es momento de quedarse o de irse; quien reconoce cuándo una batalla está perdida; quien, cuando el volcán erupciona y transforma todo a su alrededor, decide dar un paso al frente y evolucionar con él.
El volcán avisa. La historia también. Y nosotros, como ciudadanos, les estamos dejando saber a quienes dicen llamarse nuestros representantes que estamos observando, y que los tiempos de pasividad quedaron atrás. Como el volcán, un pueblo puede parecer dormido durante años, acumulando silencios, frustraciones y aprendizajes bajo la superficie. Hasta que ya no se trata de merecer lo mismo de siempre, sino de marcar un punto de inflexión: el instante en que la ciudadanía despierta y redefine el paisaje político con la misma fuerza con la que el volcán transforma la tierra.
Los jóvenes —y lo digo en un país donde constituimos la mayoría de la población— hoy poseemos una capacidad única en la historia para informarnos y hacernos escuchar. Los tiempos cambiaron. Los ciudadanos también. Y la forma en que se lleva a cabo la política también debe hacerlo.