Por la libertad
La libertad se pierde en silencio
Amar y defender mi libertad implica, a su vez, ser responsable de mis propios actos.
A veces damos por hecho que somos libres sin darnos cuenta de que estamos perdiendo esa libertad poco a poco. Cada vez que el gobierno nos impone una ley, un reglamento, un permiso, nos restringe la posibilidad de escoger algún producto para nuestro consumo o nos impone más impuestos, perdemos parte de nuestra libertad. El ser humano es libre por naturaleza, pero la pierde por su propia acción, por ser complaciente con quienes nos gobiernan. No les ponemos un “hasta aquí” a todas esas cosas que aparentemente nos benefician, pero que, a la vez, nos hacen menos libres.
En la medida en que el gobierno crece y se encarga de muchas de las cosas que hacemos, perdemos nuestra libertad y nos volvemos menos responsables.
Amar y defender mi libertad implica, a la vez, ser responsable de mis propios actos. Yo me voy a encargar de mis acciones y afrontar las consecuencias de estas. No quiero que el gobierno u otros hagan por mí lo que yo debo y puedo hacer. Permitir que entren en mi vida es perder esa libertad que luego cuesta tanto defender. Una vez que comienzan las intervenciones por parte del gobierno, no se sabe dónde podemos parar. Las justificaciones son muchas.
El otro día, en un programa de radio, uno de los participantes contaba que venía de un pueblo pequeño en el interior de Colombia. Cada vez que la gente del pueblo tenía algún problema, de cualquier índole, lo primero que pensaba era que el gobierno tenía que resolverlo. No pensaba en que ellos mismos podían actuar y solucionarlo. Así, para todo, trasladaban la responsabilidad a los gobernantes, quienes, claro está, justificaban luego el cobro de más impuestos para poder llevar a cabo más obras para ese pueblo.
Esta persona, que había vivido con esa mentalidad en el pueblo, pensó que la situación sería diferente cuando se trasladó a Bogotá. Nada cambió. Era lo mismo: para todos los problemas, lo primero que piensa la gente es que el gobierno debe hacer esto o aquello. Este pensamiento, aunque parezca inocente, es precisamente el que nos hace perder nuestra libertad. ¿Por qué la gente no dice: “Esto lo resuelvo yo; esto lo resolveremos nosotros”? Mientras menos intervención del gobierno, mejor.
Una sociedad basada en la persuasión es una sociedad más civilizada y con mayor libertad. En la medida en que el gobierno crece y se encarga de muchas de las cosas que hacemos, perdemos nuestra libertad y nos volvemos menos responsables. Dejamos que otros se encarguen y, al final, tenemos megagobiernos que abarcan mucho y hacen poco o nada. Para entonces, hemos perdido nuestras más básicas y fundamentales libertades.
El caso más común es el de la seguridad. Cualquier tipo de seguridad que deseamos y queremos que nos provea el gobierno implica una pérdida de nuestra libertad. Benjamín Franklin lo tenía muy claro cuando, en 1755, expresó esta famosa frase: “Quienes renunciarían a una libertad esencial para obtener un poco de seguridad temporal no merecen ni la libertad ni la seguridad”.
Hace algún tiempo escribí algo sobre nuestra libertad y lo traigo a colación de nuevo: “Ser libre es hacerse responsable de uno mismo y respetar el proyecto de vida de los demás. Una sociedad exitosa es aquella en la que las personas se relacionan más por persuasión que por coerción; en la que el gobierno tiene un papel mínimo para garantizar los derechos individuales, como la vida, la propiedad y la libertad; en la que la economía es abierta, sin proteccionismo ni privilegios; con una banca libre, sin monopolio de emisión de moneda ni Banco Central; con precios libres, sin controles de ninguna naturaleza; con libertad de contratación individual, sin presiones sindicales ni colectivas; con libertad de flujo de capitales y tasas de interés de mercado; en la que el empresario es emprendedor y creador de riqueza, y en la que el ser humano libre asume la responsabilidad de sus propios actos.”