Civitas

La política del villano rotativo

Cada vez que surge un problema u obstáculo político, es una oportunidad de crear un nuevo responsable y etiquetarlo como el malo de la película. 

Hay populistas que odian que les digan que son populistas. Quizá porque saben que la etiqueta lleva una connotación peyorativa o porque rompe con la narrativa de dudosa moral que han construido. Tal vez le damos muchas vueltas al asunto y simplemente les enoja que los expongan. Les incomoda que se identifique el patrón.


Y es que el populismo funciona mejor cuando no se ve como tal. Cuando el conflicto aparece espontáneamente, cuando los enemigos son evidentes o cuando fácilmente reciben apoyo. Por eso, no hay duda de que es igual de populista el que ofrece llevar a Guatemala al Mundial como el que impulsa asuetos por decreto. Hacen ver la política como algo muy ligero, cuando en realidad no lo es. Pero cuidado y alguien los tacha de populistas.


Una de las herramientas más visibles que usa este tipo de personajes es la construcción de enemigos. Sus narrativas necesitan antagonistas claros para sostener que ellos son entonces los héroes, mientras que el “pueblo” (es decir, los ciudadanos) somos las víctimas. En Guatemala, junto a esta herramienta aparece un fenómeno particular: la rotación del villano. Cada vez que surge un problema u obstáculo político, es una oportunidad de crear un nuevo responsable y etiquetarlo como el malo de la película.


¿No gustan los candidatos a magistrados de la Corte de Constitucionalidad? Uno específicamente debe convertirse en el villano de la semana. ¿Hay mucho tráfico en la ciudad? La culpa es de un solo alcalde (en unos días puede compartir la culpa con otro). ¿El clima está muy frío y no se siente la primavera? Es por el sector privado (que nada tiene que ver) pero así lo quiso. ¿No salen las negociaciones en el Congreso? Quién más que el pacto de corruptos operando otra vez. Así, sucesivamente, el villano cambia, cada semana hay uno nuevo o reciclado. Igual que el guion. Suena caricaturesco, pero así es esta lógica narrativa. Si algo no funciona, alguien tiene la culpa. Si hay obstáculos, son parte del enemigo. Si el problema continua, se identifica a otro responsable.

Hay populistas que odian que les digan que son populistas.


Construir políticas públicas o negociar soluciones exige ir más allá de la superficie o de las historias que se cuentan para mantener la popularidad. La conversación pública debería girar alrededor de soluciones, no solo señalamientos.


Este estilo de política nos está haciendo daño. Tiene consecuencias profundas en la cultura política y en la vida republicana a la que aspiramos. Resulta que si alguien discrepa con una mayoría o una minoría bien organizada, termina siendo enemigo. Así las instituciones también se corroen porque tienden a ser instrumentalizadas o bombardeadas para servir a los fines populistas. Parece que el desacuerdo institucional se reinterpreta como conspiración.


El efecto más profundo de esto quizá no es jurídico. Suele ser cultural. Una república descansa sobre la base de ciertas ideas compartidas. Por ejemplo, que las reglas importan, que las instituciones deben cumplir sus funciones, que los contrapesos institucionales deben limitar a los poderes del Estado entre sí o que la oposición política y el debate es legítimo. Sin embargo, cuando la política se reduce a confrontación moral que no tiene fin, esas premisas se erosionan. Ya no se piensa en la competencia y responsabilidad de las instituciones o los actores políticos, se reduce a quién está de mi lado y quién está contra mí.


En lugar de explicar o abordar los problemas del país, se buscan culpables. ¿Quién será el villano favorito de los próximos días? En fin, cambiar villano cada semana no es gobernar. Es simplemente mantener viva una narrativa.

ESCRITO POR:

Christa Walters

Politóloga egresada de la Universidad Francisco Marroquín. Presidenta Ejecutiva del Movimiento Cívico Nacional, una asociación civil que promueve la consolidación de una verdadera República en Guatemala.