Catalejo

Las acciones violentas son, de hecho, criminales

Un crimen no solo implica sangre derramada. La violencia, repetida y admitida, puede volverse criminalidad.

Francia, de rodillas a causa de la violencia protagonizada por manifestantes violentos y la de musulmanes fanáticos, acaba de inspirar en Italia una ley como respuesta legítima del Estado contra quienes las organizan y las anuncian a viva voz. Sin importar sus posiciones ideológicas, la jefa de Gobierno italiana, Giorgia Meloni, tiene razón al defender a las víctimas inocentes. La responsabilidad pasa a los padres si los autores son menores de edad. El caso es buen ejemplo porque desde hace décadas toda Europa permitió el ingreso musulmán sin condiciones debido al equivocado criterio de esperar cambios en las ideas teocráticas del Islam, cuyos 2 mil millones de adeptos son el 24% de la población mundial, dispuestos a implantar por la fuerza esa religión en todo el mundo.


En el caso de Estados Unidos, el abierto y claro fanatismo del mensaje musulmán de emigrados o nacidos allí es aceptado por las leyes como una parte de las libertades integradas en la primera enmienda de la Constitución, es decir, de culto, expresión, petición, reunión pacífica y prensa. El islamismo las afecta. Hay dos dudas: una, cuál es el estatus legal y constitucional de quien anuncia sin tapujos su plan de realizar actos ilegales, y otra, cómo se relaciona con la libertad de elegir y ser electo al llegar alguien de esta religión a un puesto de mando civil —alcaldía, senado, congreso— o académico y educativo, si tiene obligación de divulgar al islam, y por tanto actuar teocráticamente, pero además hacerlo por organizaciones teocrático-políticas y fanáticas.

Los abusadores de la libertad, sin importar lo ideológico o político, la debilitan.


La criminalidad de estos actos en el mundo no-musulmán se entiende mejor cuando se analiza desde la perspectiva de los derechos humanos, en la práctica inexistentes, sobre todo en el caso de las mujeres, consideradas un objeto para la voluntad masculina desde tiempos de Mahoma, en el año 622 d. C. Las turbas fanáticas matan en las calles a una mujer solo porque no lleve el rostro cubierto, no use los velos permitidos para todo el cuerpo, con mallas para cubrir los ojos (burkas) o jilbabes. En muchos casos no se les permite la educación y esto recuerda lo ocurrido en Occidente durante la Edad Media. Es un retroceso de siglos porque el Corán en su teoría les otorgó derechos avanzados, aunque las señala como una simple propiedad del hombre.


Las actitudes fanáticas e interpretaciones fundamentalistas islámicas, más las amenazas de los predicadores emigrados a Occidente, obliga a pensar cómo se debe actuar en defensa de nuestra cultura. Por supuesto, no todos los musulmanes son fanáticos, pero es imposible identificarlos y también existe el riesgo de conversiones. Las leyes deben irse adaptando a la realidad objetiva creada por grupos específicos religioso-políticos como este, sin duda, específicamente en cuanto a la universalidad del alcance de una ley. De hecho, la fuerza de un cuerpo legal depende de aceptar su objetivo, en este caso el respeto de los derechos garantizados en las constituciones después de siglos de análisis y de numerosas víctimas de criterios derivados del atraso en una época.


Los abusadores de la libertad, sin importar lo ideológico o político, la debilitan. Se debe a la generalización imperfecta desarrollada entre sus víctimas, casi obligadas a considerar este actuar violento como integrante del pensamiento, y por ello contribuyen a fanatizar las posiciones contrarias. Ello explica por qué quienes aceptan una idea política, religiosa, económica, etc., deben ser los más interesados en dejar claro su rechazo. Pues el silencio se vuelve aceptación tácita. El silencio otorga, dice el viejo refrán, pero cuando la violencia se anuncia a viva voz, mantenerse callado impide protestar cuando el silencioso se vuelve víctima. Pedir ayuda está merecidamente condenado a caer en oídos sordos si no se intentó siquiera una defensa de la cultura occidental.

ESCRITO POR:

Mario Antonio Sandoval

Periodista desde 1966. Presidente de Guatevisión. Catedrático de Ética y de Redacción Periodística en las universidades Landívar, San Carlos de Guatemala y Francisco Marroquín. Exdirector de la Academia Guatemalteca de la Lengua.