Hagamos la diferencia

Las carreteras que Guatemala no se atreve a construir

Infraestructura para el desarrollo

Cada vez que Guatemala habla de desarrollo, el debate suele centrarse en la educación, la salud, la seguridad o la atracción de inversiones. Todos son temas fundamentales. Sin embargo, pocas veces se reconoce que existe un factor capaz de potenciarlos simultáneamente: una infraestructura vial moderna. La historia económica demuestra que las grandes transformaciones comenzaron cuando los Estados decidieron conectar sus territorios de manera eficiente. Las carreteras no son un gasto; son una inversión que multiplica la productividad, reduce costos, acerca oportunidades y fortalece la competitividad.

Las carreteras del siglo XXI que Guatemala sigue esperando

En Guatemala seguimos construyendo carreteras como si el objetivo fuera únicamente llegar al destino. En realidad, el propósito debería ser hacerlo en el menor tiempo posible, con el menor costo y el mayor nivel de seguridad. Esa diferencia cambia por completo la manera de diseñar una red vial. Cuando una montaña aparece frente a una carretera, nuestra respuesta tradicional ha sido rodearla. Cuando encontramos un barranco, descendemos para volver a subir. Estas soluciones reducen el costo inicial de la obra, pero resultan mucho más costosas durante décadas por el incremento en tiempos de viaje, consumo de combustible, mantenimiento vehicular y accidentes.

Los países más competitivos entendieron este principio hace tiempo. En Europa es común atravesar cordilleras mediante túneles y cruzar profundos valles sobre viaductos. Corea del Sur, pese a su geografía montañosa, convirtió la ingeniería en una herramienta para eliminar barreras al desarrollo. Allí las carreteras no se adaptan al terreno; el terreno deja de ser un obstáculo. La pregunta no es cuánto cuesta construir un túnel, sino cuánto le cuesta al país no hacerlo. Cada hora que un transporte permanece atrapado en el tráfico significa combustible desperdiciado, mercancías retrasadas, mayores costos logísticos y menor competitividad. Ese sobrecosto termina reflejándose en el precio de los alimentos, los medicamentos y prácticamente todos los bienes que consumimos.

Basta observar las carreteras entre la Ciudad de Guatemala, Puerto Quetzal y Puerto Barrios, principal corredor logístico del país. Miles de contenedores recorren diariamente esas rutas. Reducir el tiempo de viaje mediante una autopista moderna con túneles y viaductos tendría un enorme impacto económico. Lo mismo ocurriría con una conexión de altas especificaciones hacia Quetzaltenango, fortaleciendo el comercio, el turismo y el desarrollo regional. La infraestructura moderna genera un efecto multiplicador. Donde llegan autopistas eficientes también llegan inversiones, industrias, centros logísticos, empleo y oportunidades. No es casualidad que los países más desarrollados posean algunas de las mejores redes de transporte del mundo. Estas obras requieren inversiones importantes, pero el financiamiento no debe convertirse en una excusa para la inacción. Las alianzas público-privadas y los peajes han demostrado en numerosos países que es posible construir infraestructura de primer nivel sin trasladar toda la carga al Estado. Si el usuario recibe una carretera segura, rápida y bien mantenida, el peaje deja de ser un impuesto y se convierte en el pago de un servicio que genera ahorro, productividad y calidad de vida. Naturalmente, ello exige transparencia, supervisión técnica independiente y contratos que protejan el interés público.

Guatemala necesita dejar de planificar carreteras para el próximo período de gobierno y comenzar a diseñar corredores estratégicos para los próximos cien años. La infraestructura no debe responder a ciclos políticos, sino a una visión de Estado. Quizá el mayor obstáculo para el desarrollo de Guatemala no sea su geografía, sino la falta de decisión para construir el país que queremos. Las naciones que prosperan no son las que buscan el camino más fácil, sino las que tienen el valor de construir el camino que las llevará más lejos. Porque las naciones que progresan no son las que buscan el camino más fácil. Son aquellas que tienen el valor de construir el camino que las llevará más lejos.

ESCRITO POR:

Samuel Reyes Gómez

Doctor en Ciencias de la Investigación. Ingeniero agrónomo. Perito agrónomo. Docente universitario. Especialista en análisis de datos, proyectos, educación digital. Cristiano evangélico.