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Lecciones del Dr. De la Torre

El profesor era generoso y sabio.

La mañana del 17 de enero, el Dr. Armando De la Torre se despidió de este mundo.  Estaba a meses de cumplir cien años, cosa que le hubiese gustado, creo yo, para poder recordarnos que él era el más joven de todos en el salón, porque tenía más años de ser joven que todos nosotros.  Ahora será joven eternamente.  Sin padecimientos ni limitaciones físicas, está en paz y ha encontrado respuesta a todos esos misterios que le provocaron asombro, y sobre los que reflexionó profundamente durante su peregrinación terrenal.

Amó Guatemala, Cuba y la libertad.

Deja un legado admirable como profesor y académico.  No sólo nos trasladó conocimientos diversos, gracias a su inigualable memoria enciclopédica y su cautivante retórica, sino que nos inspiró, alentó y acompañó en nuestros respectivos proyectos y luchas.  Con el corazón triste y agradecido, he intentado recordar algunas lecciones de vida que aprendí de su ejemplo y enseñanzas.

El Dr. De la Torre era inmensamente generoso con su tiempo, su sabiduría y su cariño.  Las puertas de su oficina, y su casa, estaban abiertas a todo tipo de personas que buscábamos consejo.  Salíamos cargados con respuestas, recomendaciones de lectura e instrucciones para seguir investigando.  En sus explicaciones, intercalaba frases alentadoras para infundir la paz y el buen ánimo. 

Se exigía, y nos exigía, excelencia.  Era estricto respecto de la puntualidad, las buenas maneras y la calidad de nuestro trabajo.  Al mismo tiempo, solía dar segundas y terceras oportunidades a quienes lo defraudaban.

Era amante de un buen debate, incluso de esos acalorados, y no estaba por encima de recurrir a tácticas emocionales para ganar una discusión.  Sin embargo, distinguía claramente entre las ideas y el ponente, y con su caballerosidad y respeto, recuperaba la simpatía del sujeto vencido.

Nos enseñó a ser intransigentes en lo esencial: la ética y los principios de la libertad se defienden a capa y espada.  Entendía la libertad no solamente como un mecanismo económico, sino como un valor moral fundamental.  Recalcaba que la dignidad humana exige autonomía, responsabilidad personal y límites claros al poder del Estado. Para él, sin libertad no hay verdadera ética ni auténtica vida social.

Su visión liberal trascendía la frontera económica.  Él poseía un conocimiento interdisciplinar, pues también sabía de historia, antropología, sociología, teoría política, filosofía, teología y las artes.  Nos invitaba a tener mentes amplias, curiosas y críticas, y nos inculcó un sentido de orgullo por los logros de la civilización de Occidente, basada en principios judeocristianos.

Era ciudadano del mundo: vivió en Cuba, Estados Unidos, Alemania, Italia y Guatemala.  No obstante, cultivó un fuerte vínculo con su patria natal, Cuba, y su patria adoptiva, Guatemala.  Le dolía el destierro personal y el prolongado padecimiento impuesto al pueblo cubano, y soñaba con ver a Cuba liberada del yugo castrista.  Se desgastó luchando por defender a Guatemala del embate comunista y socialista.

La vida le deparó varios golpes duros.  Nos modeló cómo sobrellevar con dignidad el sufrimiento.  Desde su visión cristiana y su lectura de Víctor Frankl, sostenía que el sufrimiento puede cobrar sentido y posee un valor transformativo. No sucumbió al victimismo.  Le sentaba mal la idea de que podemos parar de sufrir.  Tampoco aceptaba la manipulación política del sufrimiento que, so pretexto de aliviar la carga de los gobernados, justifica una ampliación de los poderes estatales.  Nos recordó que una sociedad incapaz de tolerar el sufrimiento termina siendo incapaz de sostener la libertad.

Gracias, Dr. De la Torre.  Descanse en paz.

ESCRITO POR:

Carroll Ríos de Rodríguez

Miembro del Consejo Directivo del Centro de Estudios Económico-Sociales (CEES). Presidente del Instituto Fe y Libertad (IFYL). Catedrática de la Universidad Francisco Marroquín (UFM).