Florescencia
Lo que alguna vez fue difícil, hoy es normal
La tecnología siempre es herramienta, multiplica alcances, pero la colaboración humana le da sentido y propósito.
A menudo admiramos los avances tecnológicos y digitales como logros ajenos, distantes, casi imposibles para nosotros en nuestros país. Es una percepción y a veces, cierto complejo de inferioridad que debemos romper. Debemos eliminar ese temor a salir de la zona de costumbre, de creer que no se puede cambiar realidades complicadas como la pobreza, el desempleo o la fragilidad económica en las comunidades.
Hace tres mil años, aquí, surgió el concepto de cero y podemos seguir usándolo como inspiración.
Guatemala tiene un inmenso potencial. Lo comprobamos a diario en guatemaltecos que rompen récords, alcanzan lo aparentemente imposible y crean soluciones con recursos limitados. El problema no son las restricciones, sino pensar que ellas determinan hasta dónde podemos llegar.
Siempre he dicho que Guatemala es un país de muchas oportunidades precisamente porque tiene muchísimas necesidades. Resolverlas constituye, por sí mismo, una fuente de posibilidades.
Y podemos empezar de cero, literalmente. Hace unos tres mil años, la civilización maya desarrolló una extraordinaria comprensión del concepto de cero, fundamental para representar cantidades, calendarios y ciclos complejos. Coincidentemente, el mundo digital funciona a partir de combinaciones de unos y ceros.
La innovación también puede surgir de aquello que consideramos una carencia. Una dificultad, enfocada como desafío, puede transformarse en una ventaja. Aquello que nos falta puede ser ese “cero” al que agregamos valor.
Un ejemplo guatemalteco nació precisamente de una necesidad concreta: impulsar el desarrollo de las comunidades. Hace 30 años surgieron los Grupos Gestores, integrados por guatemaltecos comprometidos con generar desarrollo económico local y territorial mediante el fortalecimiento de capacidades, la articulación de actores multisectoriales y el acompañamiento técnico a emprendimientos, productores e instituciones, incluidas municipalidades.
Desde 1996 esta iniciativa de cooperación ha crecido y dado origen a proyectos de distintas dimensiones, en los que innovación, competitividad, inclusión, participación y transformación de las ventajas locales se convierten en progreso compartido.
¿Ha sido fácil? No. Ninguna transformación importante lo es. Superar barreras, abrir brechas e impulsar el conocimiento son acciones nobles que suelen parecer difíciles al principio. Lo mismo ocurre hoy con la Inteligencia Artificial, rodeada de suposiciones y temores.
La IA es, esencialmente, una herramienta más: un machete de trabajo con el que podemos hacer más y mejor. Parece complicada de manejar, y se vuelve todavía más difícil cuando nos acercamos a ella con prejuicios.
Lo que alguna vez pareció extraordinario, hoy forma parte de la vida cotidiana. Antes hacíamos cuentas a mano y cálculo mental; luego llegaron las calculadoras y algunos temieron que perderíamos esa capacidad. Después aparecieron las computadoras, que facilitaron la escritura, la corrección, el diseño, la fotografía y el manejo de datos.
La conectividad digital nos acercó a un universo de conocimientos. Ahora la IA permite procesar, relacionar y aprovechar volúmenes de información de maneras sorprendentes.Una herramienta más poderosa permite completar una tarea con mayor eficiencia. Pero nunca sustituye el propósito ni la experiencia, mucho menos la cultura de una persona o una comunidad. Amplía, sencillamente, lo que un individuo, un equipo o una institución puede alcanzar.
Por eso, empresas, comunidades, organizaciones y gobiernos ya no tienen por qué avanzar siempre de manera lenta y predecible. La tecnología puede acelerar tareas mecánicas, ahorrar recursos, optimizar procesos y liberar tiempo para aquello que requiere criterio y creatividad. Pero antes debemos aprender y experimentar. No podemos quedarnos esperando para observar cómo aprovechan estas herramientas otros países. Guatemala también puede estar entre quienes las utilizan para resolver sus propios desafíos. Tenemos capacidad para potenciar nuestra economía, nuestros negocios, emprendimientos y comunidades con esta nueva oleada de inteligencia informática, si aprendemos a surfearla con nuestra inteligencia orgánica, nuestra inteligencia cultural y nuestra inteligencia colectiva. El desafío no consiste en tenerlo todo. Está en descubrir cuánto podemos hacer con lo que tenemos y convertir incluso aquello que nos falta en una posibilidad.