Fundamentos
Los retos del papa León XIV
Universalidad no es la suma desordenada de todas las partes de un todo. Supone diversidad, sí, pero también supone comunión.
La elección de un nuevo pontífice en la Iglesia católica está sujeta siempre a muchas conjeturas. ¿Cuál será la línea del nuevo papa? ¿Continuará en la tradición del anterior o tomará distancia? ¿En qué temas pondrá sus énfasis? Los analistas que siguen al Vaticano están pendientes de cualquier gesto, palabra o acción que confirme o refute las percepciones que se crean respecto del nuevo gobierno de la Iglesia. Está claro que, en cuanto a la doctrina, no es esperable que sucedan cambios que contradigan la verdad revelada. Pero los giros sí pueden producirse en cuanto al estilo de gestión y el abordaje que hace de temas sensibles.
Desde su primera aparición, el papa León XIV cautivó con su mensaje. No solo por haber pronunciado una oración muy especial, por haber recordado su formación agustiniana o haberse expresado en español —idioma que domina perfectivamente—, sino también por los mensajes que compartió, en los que dejó claro cuales eran sus principales líneas de acción pastoral. La primera era, como él mismo explicaba, una preocupación sobre los impactos de la tecnología y la inteligencia artificial sobre el ser humano y su condición.
La segunda prioridad es la unidad de la Iglesia. No extraña que una institución de presencia global, que acoge en su seno a tantas culturas, procedencias geográficas y confesiones políticas tenga constantemente que estar atenta a que esa diversidad no ponga en riesgo el depósito de la fe. Pero es justamente allí donde al papa le ha surgido su primer gran desafío. Dos eventos están por suceder, que pueden comprometer la tan buscada unidad. Se trata del camino sinodal alemán y de la ordenación de obispos de la fraternidad San Pío X.
No extraña que una institución de presencia global tenga que estar atenta a que esa diversidad no ponga en riesgo el depósito de la fe.
El primero de estos temas se inició como una llamada de escucha y oración conjunta en el seno de la Iglesia católica alemana. Sin embargo, este ejercicio pronto se transformó en la creación de una megaestructura en la que se mezclan fieles, sacerdotes, obispos, oenegés y empleados de la Iglesia. Esta conferencia sinodal —que así buscan llamarla— pasará a dictar ahora por votación, si así la dejan, todos los asuntos relacionados con las decisiones institucionales y hasta la disciplina sacramental en el territorio alemán. Un totum revolutum donde las verdades de fe pueden llegar a ser subastadas en el altar de la opinión popular.
El segundo reto es más antiguo. Proviene de una sociedad sacerdotal identificada como tradicionalista. Con una larga disputa con el Vaticano sobre la liturgia católica, miembros de esa fraternidad estuvieron excomulgados durante muchos años. Las relaciones habían mejorado hasta el punto de que se suponía su pronta regularización, pero un anuncio de próxima ordenación de obispos sin la autorización del papa ha vuelto a traer el espectro de la excomunión.
El papa tiene, pues, dos grandes retos que desafían a uno de los ejes de su pontificado. Para quienes son católicos, está claro que la unidad solo puede provenir de la unión con la cabeza visible de su iglesia, el sumo pontífice. La palabra católico procede del griego katholikos, que significa universalidad. Pero universalidad no es la simple suma desordenada de todas las partes de un todo. Supone diversidad, sí, pero también supone comunión. Una comunión que viene dada por una verdad inmutable, que no se sacrifica al gusto de una moda o al capricho de determinado grupo.
Estas pruebas para la unidad de la Iglesia solo podrán ser superadas si priman la humildad, la obediencia filial y la fidelidad, que son, al final, la expresión de auténticos valores cristianos.