SIN FRONTERAS
Mama
A veces, en los lugares menos esperados, alguien que uno nunca antes conoció se acerca para compartir que es lector de este escrito semanal, que se envía sin saber a quién llegará, hasta dónde llegará. Y pasa, con amable frecuencia, que lo que se lanza hacia el vacío lo reciben destinatarios que gentilmente lo hacen parte de su propio pensamiento. Para mí ese es el compromiso, la enorme responsabilidad de tener una hoja en blanco, cada ocho días, sabiendo que lo plasmado se sumará a la construcción del pequeño mundo que compartimos. Y eso es lo que motiva a que cada sábado, al salir el sol, despierte con la columna en la cabeza. En parte, latigando mis imperfecciones, por no ser más organizado y escribir con mayor antelación. ¡Qué alivio daría eso a mi paciente editora! También, cuestionando el porqué y el para qué en una patria donde lo público se ha perdido, ante la voracidad de los impíos. Igual, cada semana me siento a escribir, café en mano, pues domina un deber que he hecho propio, con usted, que me abre su espacio. Para honrar eso, evito, a toda costa, escribir sobre lo que me es personal o de mi interés particular. Empero, llegan momentos como hoy, cuando es humanamente imposible, pues nada más cabe en mi mente el día que despedimos a quien en vida fue mi preciosa mamá.
' Hoy mi corazón está roto. Pero llena el consuelo de recordar la plenitud de tu vida.
Pedro Pablo Solares
Son paradojas de lo que está llena la vida. A ella, mi primera lectora, creo que nunca la mencioné aquí, pero vaya si no estuvo presente en cada publicación. En especial cuando tocó compartir sobre algo doloroso para alguna persona. No digamos si lo narrado versó sobre una angustia que tuviera que ver con una criatura, a la luz de su familia. Cierto, la acción hacia la empatía es una enseñanza de papá. Pero el ponerse en otros zapatos, sentirlo como propio, con esa aflicción maternal, es aporte de ella. “Imaginá que fuera tu hijo”, me diría, con ojos irritados, al punto del rebalse, viendo una noticia. Tenía el temperamento de un mariscal. Por eso lo suyo no se quedaba en tristeza. Tenía cólera hacia lo despiadado. Nació y creció en la capital, pero con una raíz que venía de Malacatancito, Huehuetenango. Fue hija única, nació y creció en un nido dedicado con devoción a su vida. Eso, luego, lo trasladó a los suyos. Sabía amar como ella fue amada. Su nido fue una auténtica cuna dorada. Pero al escoger su propio amor sucumbió ante quien le ofreció más la sensibilidad por lo humano que el interés por lo material. Su vida fue una fiesta donde sus prioridades fueron claras como el agua más cristalina. Su familia, la nuclear y la extendida. Sus amigos, que los tuvo en abundancia. Hasta antes de la pandemia se reunió religiosamente con su gente. Sus mil primos, sus amigos de colegio y trabajo, y tantos más a quienes quiso como hermanos.
El virus del covid nunca llegó a su puerta porque ella, al igual que papá, desde el 16 de marzo hicieron su parte en la emergencia mundial. Se encerraron absolutamente, y como familia no nos vimos la cara sin mascarilla, sino hasta hace unas semanas, cuando su desenlace ya venía. A ella no se la llevó el virus en sí. Pero mamá no nació para estar encerrada en un cuarto por todo un año. Su enfermedad fue congénita, pero la soledad no ayudó. Aún así, entendía que, de salir, se hubiera podido contagiar ella misma y a otras personas. Y eso, para ella, no fue opción. En esta emergencia hay quienes han cargado la parte más pesada del anda. Una procesión sostenida por los enfermos, los viejitos y los más vulnerables.
Creí que esto sería solo un aporte personal, pero en verdad, una parte de ella la lee usted en mis entregas semanales. De ella, Anabella, mi adorada mamá, que todo lo dio. Mama, hoy nuestro corazón está roto en mil pedazos, pero llena un vacío el consuelo de recordar la plenitud de tu vida, la esperanza de imaginar la fiesta con que te recibió tu gente que te antecedió y el cariño que nos dio cada uno en este día, de llanto y amor. Hasta siempre, mamita linda, dulce princesa de mi corazón. Hasta siempre.