De mis notas

Minneapolis como ejemplo

El problema no es solo el ruido. Es el dinero detrás del ruido.

Qué oportuno para los operadores del caos explotar la muerte deplorable de una activista en Minneapolis justo cuando Minnesota está sentada sobre un barril de megafraudes. Mientras el caso Feeding Our Future ya dejó una cifra de US$250 millones y un fiscal federal ha dicho que el fraude en ciertos servicios de Medicaid podría superar los US$9 mil millones, el país es empujado a mirar hacia otro lado: del dinero al grito, del expediente al incendio, del responsable a la consigna.


Y entonces pasa lo de Renée Nicole Good. Sí, la tragedia exige investigación completa. Pero impresiona la rapidez del aprovechamiento. Antes de que hablen las pruebas, ya hay mártir, villano y libreto. El gobierno dice defensa propia; el alcalde y el gobernador dicen que videos de testigos cuentan otra cosa. Mientras se pelean por el relato, los expedientes duermen. Y cuando un expediente duerme, el que robó gana tiempo.


Minnesota es un laboratorio histórico. Fraudes canalizados por redes de ONG “sin fines de lucro”, contratistas y programas públicos con una supervisión cómplice del Estado. La llave abierta por años, facturas infladas, dinero saqueado. Lo lógico sería mirar hacia el botín: quién firmó, quién aprobó, quién cobró. Pero el reflector se va a la calle, porque la calle bochinchera vende.


Eso se llama cortina de humo o agenda setting. Es protesta con un fino manejo de la atención. Te mueven, del expediente al escenario, del fraude al megáfono. Saben perfectamente que si el foco se queda en auditorías y contratos, alguien termina en prisión. Si se derrama hacia la narrativa victimista, todo se vuelve “lucha social” y el saqueo se disfraza de causa.


En ese contexto, la muerte de esa activista en Minneapolis se volvió gasolina de alto octanaje. Sí: la tragedia exige una investigación completa. Pero la reacción política fue inmediata y demasiado conveniente para convertir el hecho en mártir, desempolvar el libreto radical y obligar al país a aceptar una sola lectura, sin matices ni preguntas.

Activistas pagados, libreto en mano, agitando la calle porque saben que perder las elecciones de medio término sería un golpe mortal.


Minneapolis ya conoce esa película. Cuando ese segmento entra en “modo de agitación”, suben la temperatura moral victimista y bajan el costo de la violencia extrema. Los excesos se blanquean como “indignación”, y el Estado queda reducido al papel de vil villano, punto.


Allí sigue flotando el movimiento de defund the police, esa consigna lapidaria que en nombre de la justicia debilitó la autoridad y dejó barrios enteros indefensos. El eco de 2020 —George Floyd, los disturbios, y el ascenso de BLM y DEI como consigna, método y memoria táctica revolucionaria. La prensa tradicional involucrada, sin admitir que estos activistas están usando esta muerte como pretexto para reactivar una maquinaria que todos han visto antes, con el mismo propósito de siempre de dominar la narrativa y desplazar el foco lejos de lo que realmente importa.


Mientras tanto, la izquierda institucional extrema se monta a bordo de esa energía porque le sirve. Vemos a Alexandria Ocasio-Cortez, Zohran Mamdani e Ilhan Omar, cada uno con su estilo, empujando el mismo discurso radical. Agarran el expediente y lo vuelven consigna. Agarran el robo y lo rebautizan como “contexto”. Y cuando alguien pide una auditoría, lo venden como “persecución”.


EE. UU. está entrando en una etapa peligrosa: los activistas radicales no buscan reformas, sino demolición, hostilidad, dinero público y conflicto callejero apoyándose convenientemente —ahora entendemos— en la manipulación de los millones de migrantes ilegales para desviar la atención y no perder las elecciones de medio término, lo cual sería fatal para ellos.

Dios libre a EE. UU. si estos manipuladores y sus tontos útiles llegan al poder.

Sería la muerte del Tío Sam.

ESCRITO POR:

Alfred Kaltschmitt

Licenciado en Periodismo, Ph.D. en Investigación Social. Ha sido columnista de Prensa Libre por 28 años. Ha dirigido varios medios radiales y televisivos. Decano fundador de la Universidad Panamericana.