Estado, empresa y sociedad
Nuevo orden mundial emergente
Con Trump, EUA reactiva la postura hegemónica sobre el hemisferio occidental.
En el año 416 antes de Cristo, en la Grecia Antigua, en plena guerra del Peloponeso, entre atenienses y espartanos, Atenas ordenó a la pequeña isla de Melos rendirse y someterse a su imperio. Melos no había tomado partido por ninguno de los contendientes, tampoco había atacado a nadie y solo quería ser neutral y vivir en paz.
Con Trump, EUA reactiva la postura hegemónica sobre el hemisferio occidental.
Pero Atenas no quería neutralidad sino obediencia. Tucídides, general e historiador ateniense, nos narra lo sucedido en el Diálogo de los melios. Melos habló de justicia, de fe en los dioses compartidos y hasta tuvo la esperanza de que, en última instancia, Esparta les protegería. Atenas respondió con frialdad: “Los fuertes hacen lo que pueden, los débiles sufren lo que deben”.
Como Melos no se rindió ni se sometió al imperio ateniense, la isla fue destruida, todos los hombres ejecutados; y, las mujeres y niños vendidos. Atenas justificó su crueldad bajo su propia lógica: el poder no necesita razones, solo resultados. Aunque el poder se disfrace de razón, la fuerza termina dictando las reglas.
Hoy vemos una lucha sorda, cada vez más evidente y descarnada, entre al menos dos potencias globales, China y los Estados Unidos de América (EUA) que se enfrentan en varios frentes, diplomático, comercial , económico, tecnológico, cultural y militar, siendo testigos de la hegemonía emergente, enfrentada por la otra que se esfuerza por mantener su hegemonía, en un mundo que tiende a ser multipolar. Recordemos que después de la Segunda Guerra Mundial hasta la caída del muro de Berlín, durante la llamada Guerra Fría, fueron EUA y la Unión Soviética quienes disputaron su influencia global, basada en diferentes sistemas políticos.
Con Trump, EUA reactiva la postura hegemónica sobre el hemisferio occidental, marcando su poder e influencia sobre los países de las Américas, despectivamente “su patio trasero”. Al mismo tiempo, modifica su relación con la Rusia de Putin (potencia nuclear) y debilita su vínculo con la actual dirigencia europea, pretendiendo apropiarse de Groenlandia. Pero no es la primera vez que las grandes potencias parecieran estarse repartiendo el globo terráqueo.
En 1494, con el tratado de Tordesillas, España y Portugal se repartieron América. Y en la conferencia de Berlín (1884-1885), catorce naciones europeas, incluyendo Reino Unido, Francia, Alemania, Portugal, Italia, España, Bélgica, junto a EUA, establecieron el reparto colonial de África. No obstante, después de la Segunda Guerra Mundial, con la creación de las instituciones multilaterales globales, se sentaron bases para la convivencia pacífica entre naciones, aunque en ocasiones resultaron impotentes ante las naciones más poderosas.
Con el advenimiento del presidente Trump, muchas reglas de la convivencia prevalecientes han saltado por los aires, bajo el apresto del “America First” y “Hacer América grande otra vez”, entre lo cual se inserta la decisión de retirarse de 66 organizaciones internacionales, porque según el secretario de Estado Marco Rubio, “estas entidades que fueron creadas para fomentar la paz, la prosperidad y la libertad, se han convertido en obstáculos para esos objetivos, con competencias que se solapan, duplican esfuerzos, con resultados ineficaces, una gestión económica y ética cuestionable”.
Como comenté en mis últimas dos columnas, sobre la situación en Venezuela y la nueva Estrategia Nacional de Seguridad de los EUA, tanto en la formación de escenarios como en la política exterior de nuestro país, habrá que tomar en cuenta el nuevo orden mundial que está emergiendo, en tiempo real, frente a nuestros ojos.