SIN FRONTERAS
Oenegés, pensamientos dispersos
Cuando el chico se dio cuenta, la puerta ya se había cerrado. Los alaridos de mamá ya no se escuchaban. Pero dijo que continuaron retumbando en sus oídos. ¿Y en su memoria? En sus recuerdos, esos gritos no se borrarán quizás jamás. Cuando un menor es separado de sus padres, la palabra recurrente que escuchamos de los especialistas es “trauma”. Psicólogos escriben que los impactos son agudos contra su sentido de seguridad y bienestar. En respuesta a la deliberada política estadounidense de separar a niños de sus padres migrantes, la Dra. Jessica Goodkind, una de las autoras de un estudio publicado por la Universidad de Nuevo México, opina que el trauma causado por estas separaciones estaba al nivel que ocasionan palizas físicas y tortura. Y la angustia, claro, crece conforme pasa el tiempo. Fueron recurrentes los testimonios de madres y padres que se quejaron de cómo estos se mofaban de su sufrimiento y les inducían mayor temor. “Ya nunca verás a tu hijo”, “Tú fuiste quien le causó este daño”.
' Cuando la inversión social es tan baja como la de Guatemala, las entidades civiles cobran relevancia.
Pedro Pablo Solares
Cuando el chico llevaba dos semanas solo, aún sin saber nada de su madre, su sentido de seguridad personal había quedado alterado. Los efectos en estos casos llegan a ser permanentes, según la Asociación Psiquiátrica Americana (EE. UU.). Vimos con nuestros propios ojos cuando los niños empezaron a venir de nuevo a Guatemala, cómo algunos —o muchos— dejaron de reconocer a sus propios progenitores. La angustia, nuevamente, materializada en sollozos de sus padres, arrepentidos por la decisión que tomaron meses atrás, según ellos, para llevar a los chicos a una mejor vida. Un estudio que se encuentra en la Biblioteca Nacional de Medicina en Washington dictamina que para que la psiquis del niño se torne agresiva y negativa, basta con que la separación sea de una semana. Y ahí el drama de estos casos, que las semanas pasaron. Los chicos seguían solos, en ambientes desconocidos. Algunos tuvieron suerte de tener comunicación con sus padres. Muchos otros, no. Y otros quedaron separados para siempre, entre los hoyos de la burocracia, perdidos en las tinieblas de una política draconiana.
Cuando pasaron casi 12 semanas, el chico regresó finalmente a las manos de su madre. El proceso de sanación empezó con solo los recursos naturales del entorno familiar. ¿Ayuda psicológica? Nada. ¿Médica? Nada. Solo los consejos de barrio y de abuela para sobrepasar el drástico tormento. La reunificación de esta familia guatemalteca se dio, al cien por ciento, gracias a la colaboración de personas individuales que se conmovieron por la tragedia, que fue tan profunda que motivó a algunos a continuar ayudando a más personas. Una connacional en Virginia se tomó la tarea personal de encontrar vínculos de los niños perdidos con sus comunidades de origen. Al principio, las llamadas de Silvia eran constantes, mientras descifraba los sistemas de Renap y cómo funcionan las conexiones rurales. Luego, las llamadas cesaron. Silvia, la individuo, se volvió experta en hacer un trabajo que, ante el silencio estatal, debieran —por lo menos— hacer organizaciones no gubernamentales fuertes y con fondos.
Cuando la inversión social de un Estado es tan baja como la de Guatemala, las entidades civiles cobran relevancia. Los casos se miran infinitos: en orfanatos, centros de salud, educación, protección a vulnerables, etc. Ante la parálisis nacional por crear políticas públicas, en lo migratorio, existen esfuerzos de individuos por hacer lo éticamente humano. En algunos casos se han tenido los recursos para buscar legalizarse como oenegés. La cartera del ministro Degenhart bloqueó las solicitudes por años. Ahora corren peligro nuevamente, por el nuevo embate oficial.
Pensamientos dispersos sobre lo que hacen algunas iniciativas no gubernamentales. Si no fueran ellas, ¿quién lo haría?