Nota Bene

Orden mundial, tres alternativas

La disrupción de Trump no es la única alternativa.

El presidente estadounidense, Donald Trump, desestabilizó el orden mundial en pocos meses, con sus amenazas arancelarias, el cierre de Usaid, la aprehensión de Nicolás Maduro y la decisión de tomar Groenlandia, entre otras medidas. Su tempestuosa aparición en la cumbre de Davos 2026 la semana pasada constituyó un simbólico desafío al statu quo. Por décadas, las élites políticas han controlado la narrativa globalista, cosechando resultados, dicho sea de paso, generalmente mediocres. Por eso, muchos celebran la disrupción de Trump. ¿Existe una narrativa alterna superior a la de Klaus Schwab y su Foro Económico Mundial, y la que perfila Trump? Sí: un orden mundial basado en los principios de la libertad individual y el Estado de derecho.


Algunos gobernantes, empresarios y oenegeístas se decantan por una visión globalista, tecnocrática-estatista y posliberal. Según esta postura, los gobiernos están llamados a dirigir las actividades de los individuos particulares, en aras de metas aparentemente nobles (fijadas por ellos), que trascienden las fronteras nacionales. Estas incluyen el multiculturalismo, el ambientalismo, la toma de decisiones inclusiva (stakeholder capitalism), la erradicación de la desigualdad, y el diálogo orquestado. Revela mucho la actitud de Schwab ante el Gran Encierro mundial en respuesta de la crisis pandémica. Concibió la pandemia como una oportunidad para reiniciar el sistema económico mundial y ampliar la injerencia de los gobiernos y organismos internacionales en nuestras vidas.


El paradigma globalista no solo erosiona la libertad personal y mina paulatinamente el dinamismo económico, sino que es vulnerable al rentismo y la corrupción. Además, es prácticamente impotente frente a la represión política y religiosa y a las amenazas que se ciernen sobre Occidente.

Rechacemos el globalismo.


Trump dice en recio lo que estos globalistas quisieran ocultar: Estados Unidos ejerce un liderazgo económico y poderío militar. Se rehúsa a financiar programas contrarios al interés nacional estadounidense. Usa los aranceles como arma política; cree que sus aranceles protegen a los productores domésticos y le procuran un apalancamiento estratégico para fines políticos. Recurre a la amenaza de fuerza para resolver conflictos y acceder a recursos energéticos. Destapa el doble rasero y la sed de poder de las élites que destronó.


Aparte de ser poco elegante, el trumpismo nos provoca ansiedad, pues estamos a merced del impredecible bravucón del barrio. Sus impulsivas decisiones arancelarias ya han provocado pérdidas en utilidades, distorsiones en los costos de importación y producción, y la pérdida de empleos en empresas particulares, tanto dentro como fuera de Estados Unidos. Además, desarticulan el juego internacional basado en las reglas pactadas con antelación y respetadas por las partes. Finalmente, sus gobernados tienen poco apetito para hacer de policías y gerentes del planeta y podrían pasarle una factura en las elecciones a mitad del mandato.


Frente al globalismo y trumpismo, podemos imaginar un orden global sustentado por principios clásico-liberales y judeocristianos, consonante con el discurso que pronunció el presidente argentino Javier Milei en Davos 2026. Imaginamos un orden internacional espontáneo y descentralizado, con libre comercio y consumidores soberanos. Un orden basado en reglas claras, generales, abstractas y predecibles (Estado de derecho) y el respeto a la propiedad privada y la libertad individual. Este no sería liderado por planificadores centrales ni foros elitistas con poderes discrecionales. Nadie impondría agendas progresistas, ni controles de capital o requisitos redistributivos.

ESCRITO POR:

Carroll Ríos de Rodríguez

Miembro del Consejo Directivo del Centro de Estudios Económico-Sociales (CEES). Presidente del Instituto Fe y Libertad (IFYL). Catedrática de la Universidad Francisco Marroquín (UFM).