La buena noticia

¿Qué hacemos con el dolor?

Todo esfuerzo por salvar vidas y aliviar el sufrimiento merece nuestro reconocimiento.

El terremoto en Venezuela ha vuelto a confrontarnos con escenas sobrecogedoras. Las imágenes que han dado la vuelta al mundo muestran edificios desplomándose, gente corriendo por las calles, familias buscando a los suyos y rescatistas haciendo lo humanamente posible para encontrar con vida a quienes quedaron atrapados bajo los escombros. Junto a la alegría de los que pudieron salvarse, irrumpe el dolor estremecedor de quienes no lo lograron. En medio de ese drama conmueve, además, el testimonio de personas que, aun heridas por la tragedia, siguen pronunciando el nombre de Dios con fe.

La fe cristiana no responde al mal con una teoría, sino con una Persona: Jesucristo.

Pero no hace falta un terremoto para recordar que el dolor está presente. En Guatemala convivimos a diario con otras formas de sufrimiento: la violencia, las extorsiones, los accidentes, la pobreza, la migración, las enfermedades, las familias rotas, los jóvenes sin esperanza. Hay dolores que no aparecen en grandes titulares, pero desgastan silenciosamente la vida de muchas personas.

La humanidad ha avanzado mucho en su capacidad para aliviar el dolor. Sin embargo, en países como Venezuela o Guatemala muchas veces se hace lo que se puede con recursos limitados, pese a la corrupción, la improvisación y la indiferencia. Todo esfuerzo por salvar vidas y aliviar el sufrimiento merece nuestro reconocimiento. Pero hay una pregunta que va más allá de los medios técnicos y las respuestas inmediatas: ¿qué hacemos cuando el dolor llega y no puede evitarse?

El ser humano no es solo materia ni solo instinto de supervivencia: lleva dentro un deseo de plenitud, de bien, de justicia y de felicidad. Por eso el dolor no hiere solo el cuerpo; hiere también el alma. Precisamente por eso, la existencia del mal resulta escandalosa. El cristianismo no evade esa dificultad ni pretende disiparla con frases piadosas. Muchas veces no tenemos respuesta suficiente para explicar por qué sucede una desgracia concreta. Pero sí podemos preguntarnos “para qué”: qué revela el dolor sobre la vida humana y qué puede hacer la persona con él.

Aceptar el dolor no significa buscarlo ni resignarse pasivamente, sino reconocer que algunos sufrimientos forman parte de la condición humana. No siempre podemos elegir lo que nos sucede; sí podemos elegir, al menos en parte, cómo responder. Esa respuesta puede madurar a la persona y purificar su mirada. No porque el dolor deje de afectar, sino porque ayuda a distinguir entre lo esencial y lo accesorio. Así puede abrirse el camino hacia una libertad interior que ninguna circunstancia puede arrebatar.

Pero sufrir por sufrir no ennoblece a nadie. El dolor solo adquiere sentido cuando se vive por amor. La fe cristiana no responde al mal con una teoría, sino con una Persona: Jesucristo. En Él, Dios entra en el sufrimiento humano. «Vengan a mí todos los que están fatigados y agobiados…». Jesús no promete una vida sin cargas, sino que invita a llevarlas con Él. La cruz no glorifica el dolor; revela que el amor puede atravesarlo y abrir un camino de esperanza.

Quizá una de las tragedias más profundas de nuestro tiempo no sea solo que exista el dolor, sino que muchas veces ya no sabemos qué hacer con él. Una cultura que solo busca evitar el sufrimiento termina haciéndose más frágil frente a él. Cuando el sufrimiento parece carecer de sentido, también la esperanza comienza a flaquear. Por eso, ante Venezuela, ante Guatemala y ante tantas formas de sufrimiento, la pregunta no es solo por qué existe el mal, sino cómo vivir el dolor de manera que no nos robe el sentido de la vida ni la esperanza.

ESCRITO POR:

Tulio Omar Pérez Rivera

Licenciado en Teología Litúrgica por la Universidad Pontificia de la Santa Cruz de Roma. Durante varios años fue párroco en zonas indígenas cakchiqueles. Actualmente es obispo auxiliar de Santiago de Guatemala.