SIN FRONTERAS
Quiero sembrar un árbol de jacaranda
Me paro en el medio de una calle de la ciudad, un día, a una hora, cuando los carros no me pasan atropellando. Los árboles sembrados en las aceras de al lado forman un arco que es típico en esta fortuna de clima. Las ramas se extienden, unas a la izquierda, las otras a la derecha. Las de en medio se tocan, se entrelazan y rozan. Terminan difusas, danzando el enredo particular. La belleza hecha natura, toma la forma de una hermosa alameda. Una postal impresa con dedicatoria celestial. Somos dichosos en eso. Debajo, no importa cuánto calor haya ese día, se siente el placer que nos regala una sombra. En marzo, en Guatemala, cuando los fríos se van, empieza a acumularse en el aire la humedad. Las señales no engañan. Las chumpas se guardan. En su canasto, el vendedor apila cada uno de los mangos. El ámbar manjar se suma a la gama de encendidos pigmentos. Primero salieron las hojas tan verdes. Luego, la explosión visual anuncia que con su banda se acercan las semanas penitentes. Desde el año pasado no hubo Semana Mayor. No escuchamos tambores que vinieran marcando el paso; ni el repique de las liras, respondiendo en lo alto al profundo ronquido de la tuba y el trombón. Un virus ladrón, como la muerte, se lo quiere robar todo. Y todo lo pudo, menos el espectáculo de las flores. La señal feliz que inspira esperanza. A cada tanto se mira el amarillo de los palos blancos, esporádicos tesoros, no sé cómo no hay más. Y las rosas matilisguate en dulce matrimonio con los vecinos morados. Se inundan las calles del púrpura cuaresmal. El lila aposentado, en la fiesta de colores. Estos son días donde tantos hemos perdido tanto. Una esperanza nos viene en el color de las flores, que desde las ramas brotó.
' No hay un invierno que perdure toda la vida.
Pedro Pablo Solares
Quiero sembrar un árbol de jacaranda. Un símbolo vida. Hay un cierto algo que me llama a quererlo hacer. ¿Una simple rendición a la belleza visual? O un mandamiento, más un llamado, al que jala la providencia. En los momentos del recorrido cuando los ciclos terminan, una pérdida personal busca cobija en la promesa primaveral. No importa cuán fría haya sido la hibernal temporada, el círculo de la vida es constante y por siempre infinito. A la muerte y al silencio, sucede siempre el despertar. Lo vemos, sin falta, cada año tras año. Las ramas marrones. Un inhóspito enjambre de bifurcaciones quiebrapalito. El frío, tan seco. ¿Quién diría que ahí, al pasar de las horas, habrá un hermoso renacimiento? Un nuevo iniciar que brota en el justo lugar, donde lo viejo cayó. De donde lo viejo cayó. Que es una nueva forma de lo que viejo, cayó. El ciclo de la vida. Circular, permanente. Inquebrantable y constante. Siempre, a la luna, tan fría, suceden los rayos del sol. Después de alejarse, el mar nunca falla y de nuevo, empapa la playa. Fiel cumplidor es el ciclo universal. Después de lo oscuro regresa —siempre— la luz. Creyentes o no. Cristianos y paganos, tenemos enfrente la promesa, lo evidente y concreto. La esperanza de la vida. Esto que para mí es la ilusión de un nuevo árbol, en forma de primaveral jacaranda.
En noviembre los vientos son secos y tiran al suelo el color. Las semanas del frío, el invierno que nos impone a todos la resiliencia. Entra la duda. Se caen los enfermos. Nos agrupamos las familias, para poderlo soportar. Juntos, pasamos la oscuridad. En la incertidumbre, nos acuerpamos. Se abrazan los cuerpos para —entre todos— hacer que caliente el corazón. Pero no hay un invierno que perdure toda una vida. Cuando los fríos se van, el verano nos trae la más cálida de las esperanzas. La humedad se respira. El agua, la vida, a la vuelta de la esquina, están próximas a venir. La promesa de la resurrección. La ilusión de lo que creemos que es un grandioso renacimiento. Un dulce descanso. El augurio hermoso. La vida, después de la muerte. Una fiesta morada que sonríe inocente en la ilusión de volverte a ver. Nos inspiramos en eso, en la promesa de la vida. Quiero ir y sembrar un árbol de jacaranda.