CATALEJO
Retos para lograr más del 50% de los votantes
Existe la correcta percepción, comprobada por los datos del Tribunal Supremo Electoral, de un desapego y desinterés ciudadano por participar como votante en cualquier elección. Prueba de ello es que ha disminuido el porcentaje de asistentes desde los comicios de 1985, el primero de la llamada “era democrática” —ahora un chiste macabro—, que fue del 65%, aunque en número haya más participantes. Vinicio Cerezo ganó legalmente en elecciones representativas, pero fue el único. Los siguientes mandatarios ganaron al obtener la mayoría de votos, de una elección con un participación menor al 50 por ciento más uno. Se debe insistir sobre este hecho, poco recordado pero fundamental, para explicar el pasado reciente e imaginar y predecir el futuro político del país.
Urge obtener 850 mil ciudadanos nuevos para llegar a la mitad más uno y hacer legítimas esas elecciones, no solo legales —asumiendo una legalidad cada vez más dudosa—. Pienso en campañas para instar a los ciudadanos a ir al TSE a recoger los papeles de votación, así como a presentarlos, y ofrecer algún tipo de beneficio, como vales para algo. Se debe reducir al máximo el tiempo de los trámites, agregar centros de recepción y contratar más personal. También, acelerar procesos, porque en 1985 había 2.75 millones de ciudadanos inscritos y en el 2019 ya eran 8.15 millones. Incluso, la ley electoral necesita acciones proyectadas para casos de mínima participación. Ya una vez fue de solo el 32 por ciento.
La ausencia, sobre todo juvenil, obedece al desapego, cierto, pero también a su conocimiento de la situación política y del pillaje y robo generalizados. Con fondos privados es posible financiar un esfuerzo de convencimiento, cuyo efecto será positivo, aunque no sea elevado. Mientras menos voten y más pseudo partidos haya, se facilita el robo electoral y todo se reduce a un remedo de dictadura, en la cual es irrelevante su política o ideología. Los jóvenes participarán cuando haya reglas del juego que sean claras y no pululen diputados que solo llegan a ocupar curules, incapaces, sin la mínima idea de ética, leyes, economía, historia, etc. Si esto ocurre, tal vez los ciudadanos promedio ya no estén obligados a unirse al éxodo de hoy.
Ironías de una vileza
La falsa noticia del fallecimiento del papa emérito Benedicto XVI es un hecho perverso cuyo autor, al ser descubierto, debe ser expuesto públicamente por medio de las mismas redes sociales utilizadas por él para causar una ola mundial de innecesarios lamentos. Dos hechos son irónicos: la idea de desprestigiar a la jerarquía católica fracasó, porque fueron muchísimos los mensajes tristes y de muestras de solidaridad con un pontífice cuya principal característica fue ser reservado y cuya renuncia fue vista por muchos como una tácita y seria crítica a las interioridades del Vaticano, a veces oscuras, por ser poder mundial.
El segundo efecto no esperado provino de la prensa mundial seria y con estándares profesionales dignos, pues ninguno se hizo eco del chisme. Lo comprobó por numerosas fuentes y al recibir la versión oficial de la falsedad, publicó en muchos casos la noticia de esto último, aunque la prensa poco profesional se apresuró a divulgarla. Esta conducta ética es muy aleccionadora para aquellos interesados en descalificar a la prensa por principio, en una generalización imperfecta. El público debe sospechar la razón de la falta de una noticia en un medio serio, como resultado de la búsqueda de confirmación. Y además, ver con sospecha lo publicado vía redes sociales.