Rincón de Petul
Solo te volviste la abuelita
No venimos a fingir que toda letra sea admirable, ni que lo nuevo sea ahora intocable.
En 1987, Guns N’ Roses lanzó el álbum Appetite for Destruction y mi generación —la que hoy se coloca el sombrero del comité de la moral pública— se volvió loca con un disco que traía calaveras en la portada, groserías y una estética que, para muchos adultos de entonces, era una puerta al apocalipsis. Los Roses ayudaron a popularizar algo que sonaba a ruptura, desafío y pleito. Tres de sus sencillos llegaron al Top 10, y Sweet Child o’ Mine fue número uno en Billboard durante dos semanas. Yo fui uno de los más de 30 millones que, hipnotizado por su sonido, un día fue a comprarlo a la tienda. Era un problema, sin embargo, regresar con él a la casa donde yo, a los 15, vivía con mi abuelita. La pinta de tipos malos de sus integrantes era, de por sí, una declaración de guerra. Contenía blasfemias. Y por eso el sermón llegó, como tenía que llegar, cuando un día la abuelita finalmente lo descubrió. Irónicamente, avanzamos unas décadas y aquí vemos a muchos de aquellos jóvenes convertirse en exactamente lo que un día nos dio risa: adultos ofendidos porque sus hijos oyen al artista del momento.
Mucha de su crítica, suena demasiado a pose.
Bad Bunny en el Super Bowl fue más que un espectáculo. Fue mucho más, incluso, que una alta pasarela para expresiones de la cultura y la música latinoamericana: la salsa, el reggaetón y otras músicas folclóricas de Puerto Rico. Y fue más que una catapulta para ellas, al gran escenario global. Es ahora, además, una oportunidad para hablar sobre los velos y mordazas que conllevan ciertas incongruencias. Nos sirve para desenmascarar, en los gustos, las hipocresías selectivas; para traer claridad sobre una evidente amnesia generacional; y exponer el desgaste natural de quienes se anclan a un pasado. No porque lo de antes haya sido mejor, necesariamente, sino porque fue el momento de ellos.
No venimos a fingir que toda letra sea admirable, ni que lo nuevo sea ahora intocable. Pero mucha de la crítica suena demasiado a pose. Hablan de su simpleza, como si Rachmaninoff encabezara la lista de Spotify de quienes despotrican. Se fijan en técnica de canto del reguetonero de turno, pero ellos mismos fueron -o siguen siendo- devotos de una voz como la de Axl Rose. Se quejan, como si buena parte del pop que marcó nuestra juventud —Timbiriche incluido— hubiera pasado primero por un jurado de canto lírico.
Y luego está la burla a la fonética boricua. Como si en El Salvador, por solo decir un ejemplo, no se tragaran la “s” al hablar. O como si en Argentina no estiraran la “ll” hasta volverla una “sh”. O como si aquí mismo, en Guatemala, no nos saliera una “y” donde otros logran la “ll”. Suavizamos tanto unos sonidos que hasta al país lo pronunciamos Watemala. Así, montarse al barco de quienes se ríen de las diferencias latinoamericanas no es refinamiento; es una tontería. Invita a preguntarse por qué, justo ahora, creció esta aversión en ciertos círculos sociales. Ahora, en medio de la guerra cultural en EE. UU.
Vivimos una era que exige lucidez de los adultos. Lo que nos trajo hasta aquí -la república, la democracia- está bajo amenaza. También lo están valores como la inclusión y la integración de los pueblos. No extraña el intento de demonizar a un artista que, con canciones como NUEVAYoL o Lo que le pasó a Hawaii, provoca preguntas en la juventud. Puede que tú —mayor— no lo veas y prefieras quedarte con lo que te parece ofensivo. Se vale, quizá, si tus propios ídolos no estuvieron nunca entre los que antes fueron etiquetados. A los Beatles les pasó; a tantos en los 70 y 80, también. Al final, no toda música es para todo público, pero puede que tú, simplemente, ahora seas aquella abuelita.