Imagen es percepción
Super Bowl, más que futbol, una batalla cultural
Más de 128 millones de personas presenciaron el espectáculo en uno de los escenarios más poderosos del planeta.
Los grandes escenarios no solo proyectan luces. Proyectan valores. El Super Bowl, la final de la Liga Nacional de Futbol Americano celebrada cada primer domingo de febrero desde 1967, no es simplemente un evento deportivo, es un fenómeno cultural global. Su espectáculo de medio tiempo se transformó en atracción central a partir de los años 90, convirtiéndose en uno de los momentos televisivos más vistos del planeta.
Se ha pedido a la Comisión Federal de Comunicaciones investigar a Bad Bunny y la NFL por el show del Super Bowl, alegando contenido indecente.
Sus ediciones llegan a los 210 millones de espectadores en todo el mundo. En un contexto donde 30 segundos de publicidad pueden superar los US$7 millones, el Super Bowl trasciende el deporte y se instala como un ritual mediático global.
Por ese escenario han pasado artistas que entendieron la magnitud histórica del momento. La mayoría de quienes han protagonizado el medio tiempo del Super Bowl llegaron con calidad vocal comprobada, dominio escénico y trayectoria consolidada. Michael Jackson marcó un estándar en 1993 con interpretación real en vivo. Prince, Madonna, Whitney Houston, entre otras estrellas, ofrecieron espectáculos de primera calidad. El común denominador fue talento interpretativo.
La comparación con Bad Bunny no es generacional; es artística. Cuando el canto es sustituido por balbuceos sobre bases electrónicas, y la fuerza musical descansa más en la producción que en la voz, el estándar se reduce. A eso se suma un repertorio cuyas letras, en numerosas ocasiones, cosifican y trivializan a la mujer bajo la lógica comercial del exceso. No es un juicio moral aislado. Es una observación sobre el contenido y el nivel de exigencia artística que históricamente ha caracterizado ese espectáculo.
Este escenario es uno de los más poderosos del planeta. Bad Bunny no llega solo a esa palestra. Alguien lo coloca, lo valida y decide que su mensaje represente a toda una generación. ¿Serán las plataformas, las grandes productoras, la industria del entretenimiento y el algoritmo cultural los que construyen ese fenómeno? ¿O existe un movimiento superior, que mueve los hilos del mundo, cuyo objetivo es ridiculizar el amor y desvalorizar la familia mediante una música cargada de letras explícitas y una estética que convierte la sexualización en marca global? La pregunta no es solo qué comunica, sino quién decidió amplificarlo. Porque en estos niveles no hay improvisación. Hay cálculo. Hay estrategia.
Algunos congresistas pidieron a la Comisión Federal de Comunicaciones investigar y multar a Bad Bunny, la NFL y la cadena transmisora por el show del Super Bowl, alegando contenido indecente. Otros lo celebran como expresión de libertad artística. Y lo es. Pero la libertad no anula el contexto. Un espectáculo transmitido en horario familiar dentro del evento deportivo más visto del año no es equivalente a un concierto nocturno para adultos.
Lo que antes escandalizaba, ahora se presenta como innovación. Sin embargo, que algo sea rentable no significa que sea culturalmente positivo. Tampoco es correcto asumir que un artista representa automáticamente a millones de latinoamericanos. Latinoamérica es diversidad, historia, tradición, fe, trabajo y complejidad social. Reducir esa identidad a una estética hipersexualizada y vulgarizada es un abuso.
Cuando un espectáculo alcanza cifras históricas deja de ser entretenimiento y se convierte en símbolo. Los símbolos moldean aspiraciones. El debate no es moralista; es cultural. La cultura no se impone con discursos políticos; se instala con imágenes repetidas —aunque sean grotescas y vulgares—, hasta que dejan de parecer extraordinarias y se normalizan. Y lo que normalizamos hoy en la pantalla, mañana define lo que aceptaremos como sociedad.