De mis notas
Terrorismo carcelario: y el Estado, llegando tarde
La falta de infraestructura no es excusa: los protocolos deben ser más estrictos, entrenados, rutinarios y con simulacros antimotines.
El titular de Prensa Libre lo describe bien: “Terroristas amenazan al Estado”. Cuando tres de los principales centros de reclusión del país se amotinan casi al mismo tiempo, retienen rehenes y obligan al Gobierno a montar anillos de seguridad como si fueran frentes de guerra, ya no estamos ante un “incidente penitenciario”. Es una demostración de poder y, al mismo tiempo, una radiografía del desorden interno.
Sin respaldo político para recuperarlos, esto nunca acabará. Sperisen y Vielmann aún pesan.
La primera lección es institucional —y, peor aún, cíclica—: en las cárceles el control no lo ejerce el Sistema Penitenciario, sino estructuras criminales que mandan, manejan, comercian, extorsionan y matan. La toma de tres cárceles en paralelo evidencia coordinación, capacidad de mando interno y comunicación entre centros y el exterior.
Y aquí viene la parte vergonzosa: Esto ya lo sabíamos. Guatemala ya vivió un momento de verdadero interés estatal por recuperar el control del sistema penitenciario, cuando el entonces ministro de Gobernación Carlos Vielmann y el jefe policial Erwin Sperisen encabezaron uno de los primeros intentos serios por recuperar las cárceles. La historia ya la conocemos: en lugar de un cierre institucional claro y un respaldo político sostenido, el país terminó en años de pleitos judiciales, campañas y un debate donde el foco se movió hacia “quién pagará la factura” antes que ¿quién protege a la ciudadanía? Sperisen aún está luchando en Suiza contra tribunales cooptados por oenegés sinvergüenzas.
Mientras la idea dominante sea que retomar el control “no puede implicar ningún riesgo” y que cualquier uso de la fuerza será automáticamente criminalizado, el Estado seguirá paralizado. Recuperar cárceles tomadas por redes terroristas exige uso proporcional de la fuerza y respaldo político. Esa batalla hay que ganársela a las oenegés politiqueras.
La segunda lección es más preocupante. Las demandas públicas —como “exigir traslados al centro de preferencia” bajo amenaza de matar rehenes— son tan ridículas que evidencian la mentalidad extraviada de mareros, pero la ejecución fue de profesionales. Una operación fría, sincronizada y sostenida.
La combinación entre demandas ingenuas y una ejecución tan sofisticada revela algo más peligroso: capacidad económica. Nadie monta una operación así sin recursos para financiar logística, comunicación, apoyos externos y asesoría especializada. Es plausible que quienes fueron contratados para planificar hayan dicho lo obvio —“el Estado no va a conceder traslados por extorsión”—, pero este es el plan y este el costo. Esa profesionalización del crimen —comprar conocimiento operativo— eleva el nivel de amenaza terrorista.
La fase crítica ya ocurrió: el Estado recuperó Renovación 1, rescató rehenes y neutralizó al Lobo. Pero el crimen movió el mensaje afuera. La represalia dejó a nueve agentes de la PNC muertos. El mensaje es alto y claro.
El tercer punto es la crítica que no se puede maquillar. El Estado reacciona, pero no anticipa. Cierto, Guatemala tiene déficit de infraestructura penitenciaria; sí, muchos centros son viejos, hacinados y mal diseñados para alta peligrosidad. Pero esa realidad no es excusa para actuar como si cada crisis fuera imprevisible. Precisamente porque la infraestructura es deficiente, los protocolos deben ser estrictos, más entrenados y más rutinarios, con simulacros antimotines, planes de aislamiento por sectores, mando claro y control tecnológico. Sin cortar comunicaciones clandestinas, todo lo demás es teatro.
La conclusión es simple y amarga: si el Estado solo llega a resguardar perímetros cuando la cárcel estalla, seguirá jugando a la defensa. Hay que “gobernar” las cárceles actuales, aunque la infraestructura sea inadecuada. Es evidente que se requiere una reingeniería total del Sistema Penitenciario. El Salvador muestra que, con decisión sostenida, el control puede recuperarse y mantenerse.
Sin disciplina diaria, inteligencia penitenciaria, control de comunicaciones y respaldo político para actuar, el Estado seguirá simulando control en la entrada.
Mientras el crimen manda adentro…