SIN FRONTERAS
Un monumento a la familia migrante
Como pueblo debemos superar grandes retos para forjar nuestra identidad colectiva, la cual actualmente es muy débil. Una manifestación visual evidente de esa carencia la encontramos con la falta de monumentos en las calles que conmemoren lo que como pueblo nos ha construido, y visto hacia la proyección de lo que podemos ser, hacer, construir en el futuro. El hecho de ser un país dominado por intereses particulares también constituye un reto. Pero no uno que sea limitación absoluta para no tener el ojo abierto a contribuciones que hay y que ha habido, de ideas, de eventos y de personajes que fueron y son piedra fundamental en la construcción de un país mejor. Uno cuyo propósito sea una mejor vida para más de sus habitantes. En ese sentido, y aprovechando que en julio se alcanzó un hito histórico en las remesas familiares que recibimos desde EE. UU., considero que es tiempo de que en la ciudad de Guatemala se construya el monumento a la familia migrante. Ojo, que no hablo de un monumento solo “al migrante”. Más adelante explico por qué.
' Vaya si estas familias no son un honroso ejemplo de quienes con poco hacen tanto.
Pedro Pablo Solares
Vaya si estas familias no son un honroso ejemplo de quienes con poco hacen tanto. De quienes ayudan a una mejor vida para quienes vivimos acá. Ya lo venían haciendo desde hace muchos lustros, pero en la era del virus, de alguna forma su contribución económica se hace más evidente; más simbólica. Cuando se anticipa que este año será terrible la contracción de lo que producimos en el país, las remesas se han recuperado rápidamente de la adversidad inicial. El tropezón les duró dos meses, pero ya junio fue el cuarto más alto en la historia de esta cifra; y julio, el más alto, por mucho, alcanzando, además —por primera vez—, el hito de $1 mil millones en un solo mes. Conociendo los trabajos y riesgos con que se logran estos ingresos, así como las enormes desventajas con que viven los migrantes, no se puede evitar decir que son un ejemplo de la pujanza que tiene aquel guatemalteco que, aquí y allá, se despierta temprano, que en muchos casos toma los trabajos que nadie más quiere hacer, y que crece, a veces, desde la nada.
Viajamos por el mundo y vemos dedicatorias de arte arquitectónico en lugares especiales dedicados a la identidad nacional, ya sea valiéndose de una persona (el Monumento a Cervantes), de una idea (la Estatua de la Libertad) o de un momento (el Arco del Triunfo). Pero en todos los casos, que logran evocar el orgullo nacional. En Guatemala, sin embargo, vemos una carencia de estos símbolos necesarios, más allá de las exaltaciones que han ido quedando tras los secuestros personales o sectoriales en la historia, muchas veces contra el interés y el bien comunes. Independientemente de la orientación ideológica, sin embargo, el esfuerzo que hacen las familias migrantes es digno de admirar por todos. Tanto quienes exaltan el emprendimiento económico individual como aquellos que abogan por defender las causas de los más desprotegidos.
En otras partes del país ya existen monumentos “al” migrante. (Nota curiosa: cada pueblo k’anjob’al del norte huehueteco tiene uno. Además, el famoso en Salcajá). Pero todos exaltan solamente al que se fue, y no a quienes se quedaron, que —muchas veces— sufren, igual o más, la dolorosa separación. Esto no lo dicen quienes buscan hacer del emigrante un héroe idealizado. Esto, a veces, con intereses políticos subyacentes. La capital es el centro del poder económico y político del país. Y esta ciudad debe merecido reconocimiento a toda una población partida por la migración forzada, que es palanca fundamental de la economía nacional. Se me ocurren varias imágenes, y varios lugares. En lugar de unos toros (que no dicen nada) en la mitad de La Reforma ¿qué tal se vería allí a una familia migrante, el que está allá y los que están aquí, contribuyendo desde la nada para construirnos una mejor vida?