Catalejo
Una nueva manera de ver las elecciones
En América Latina se está dando en este momento un fenómeno notorio: el regreso de regímenes promotores del liberalismo económico y la derrota de regímenes dirigidos por autodenominados “progresistas”.
La diferencia de la teoría democrática con la realidad ha sido profunda desde tiempos de la Grecia clásica, hace dos milenios y medio. Uno de los elementos más notorios es la creación de los gobiernos por medio de la elección mayoritaria de candidatos relacionados con partidos políticos. Pero cuando estos no son institucionales, con ideología, sino simples agrupaciones electoreras creadas y financiadas por aspirantes autonombrados o financiados con fondos de origen desconocido, no debe extrañar a nadie su corta vida política, pues son agrupaciones con fines electoreros. Aunque no sea siempre así, la diferencia entre quien gana y el vencido en segunda vuelta debe ser analizada de manera distinta para no despertar en el vencedor la ilusión de ser líder.
La real popularidad de un candidato ganador es la diferencia entre sus votos y los obtenidos por su adversario en segunda vuelta.
En América Latina se está dando en este momento un fenómeno notorio: el regreso de regímenes promotores del liberalismo económico y la derrota de regímenes dirigidos por autodenominados “progresistas”, debido al hastío ciudadano de gobiernos corruptos e incumplidores de sus promesas de campaña, sin importar cómo se autodefinan ideológicamente. La victoria electoral se está logrando por mínimas cantidades tanto de votos como de porcentaje. Es importante tomar en cuenta la participación, pues el ausentismo es una forma de manifestarse políticamente al rechazar a los participantes en segunda vuelta, así como los votos nulos, otra forma peor de rechazo. Los votantes por el perdedor no cuentan y eso lleva a conclusiones equivocadas.
Un ejemplo teórico: Si en un país hay diez millones de empadronados y no votan dos millones, el número se reduce a ocho. La ausencia voluntaria, digamos otro 20%, reduce el número real a 6,400. Si de ellos el 52% vota por A, éste obtiene 3.3 millones y B logra 48.5%, es decir 3.1 millones. Esta segunda cifra tiene una diferencia de 200 mil votos, y esta es la verdadera popularidad del ganador, el 9% del total. En dos casos reales: en Perú, Keiko Fujimori, y en Colombia, de la Espriella, tuvieron diferencia mínima. El efecto de este resultado, un empate, en realidad, es el empeoramiento de la división de los ciudadanos, y los ataques de la oposición se multiplicarán. Los ganadores mencionados deben tomar en cuenta esta fría realidad matemática para los necesarios acuerdos con quienes hayan obtenido siquiera 5% de los votos.
Perú ha tenido diez presidentes en diez años, a causa de los miniseudopartidos y el voto irreflexivo. Colombia ha sido escenario de cambios entre los dos tradicionales partidos, el Liberal y el Conservador, nacidos en 1848 y 1849. Los más antiguos son el Colorado y el Nacional, fundados en Paraguay en 1836. Los colombianos apostaron por Gustavo Petro, excomandante guerrillero famoso por su crueldad contra los soldados hechos prisioneros. Chile también cambió de rumbo ideológico al sustituir a Gabriel Boric, abogado izquierdista, por su colega derechista José Antonio Kast, con el 58%. Su adversaria, comunista, logró el 41%, 13 puntos abajo. El economista Javier Milei, en Argentina, terminó la dinastía iniciada por Néstor Kirschner y seguida por Cristina, su viuda.
Puede afirmarse al analizar datos y realidades un desprestigio de la democracia, por cierto rechazada por el propio Platón por representar los caprichos del pueblo con sus variaciones de ánimos y apetitos, mientras Aristóteles la consideraba una forma de gobierno corrupta y degenerada. El mundo actual no debe rechazarla tan tajantemente, sino adaptarla a las condiciones de la sociedad actual y evitar la tragedia de una libertad sin límites ni marcos de referencia. Una victoria electoral no es implícitamente arrolladora, y si es con diferencia mínima tiene en ese factor el engendro del fracaso del ganador, quien además se marea al considerarse un pequeño y a también ridículo rey, independientemente del tamaño y poder real del país donde ha ganado.