CATALEJO
Usos equivocados de la palabra “más”
La palabra “más”, mínima, de solo tres letras, es un término cuyo significado denota ampliación del significado del término al cual se antepone. Este, entonces, tiene existencia propia y en cierto sentido es discutible realizar tal ampliación. Por ejemplo, cuando alguien dice “Guatemala necesita más democracia”, indica la existencia de democracia en el país. Antes de utilizarlo, quien escribe o habla debe tener en cuenta esto, a fin de no terminar diciendo algo distinto a su intención. Se ha alterado la necesidad entre pensamiento y palabra y el resultado es distinto a la intención, a causa del empleo de lenguaje cuidadoso. Escojo este ejemplo porque Guatemala no necesita más democracia, sino necesita democracia, lo cual implica afirmar, aunque no directamente, la ausencia de esta forma de gobierno.
' La realidad de hoy exige más uso del tiempo presente y menos del modo subjuntivo, de usos para aquello hipotético.
Mario Antonio Sandoval
Guatemala necesita lenguaje directo, frases lo más cortas posible y por tanto tajantes. Debe quedar atrás un lenguaje rebuscado, indirecto, propio de una ya abandonada manera de diplomacia superada, inútil, sobre todo cuando en realidad no existe en los funcionarios la capacidad de entenderlo porque son personas —como mínimo— de modesto intelecto. Pero igualmente se aplica para todo tipo de lector, a quien se le debe servir con la integración de mensajes no solo claros, sino con el tipo de lenguaje con el cual no queden dudas de qué quiso decir el autor. Es una forma de respeto al tiempo de quien invierte parte del suyo para enterarse de un pensamiento ajeno y de esa forma decidir si lo comparte, lo acepta o rechaza en forma parcial o en total.
Lingüísticamente hablando, en la triste Guatemala de hoy debe reinar el tiempo verbal del presente del indicativo y hacerse a un lado el subjuntivo. En términos llanos, los “podría”, los “pudiera”. Esto debe interpretarse como una defensa anticipada de un error o de no haber tomado en cuenta más posibilidades. A mi juicio también se le puede considerar una falta de valentía personal para señalar con claridad el pensamiento. Se excluye, obviamente, el lenguaje científico y a veces el económico, pero no aquel de intención en la vida real, en la predicción de las acciones y pensamientos provocadores por acciones equivocadas, corruptas, como consecuencia del pillaje y de la innegable traición a promesas hechas sin tener la mínima intención de cumplirlas.
La palabra, esa cualidad única del ser humano, es un arma temida y si se escribe causa pavor o se afianza por su permanencia en el tiempo cuando este se convierte en Historia, jueza de veredicto implacable, aunque a veces cambia cuando se descubren nuevos elementos. En caso contrario, no valen ni siquiera los siglos para borrarla y por eso también puede disparar contra quien la usa. Las promesas politiqueras incumplidas, o sea casi todas, están allí, incólumes, esclavizando a quien las pronunció. Porque según un proverbio árabe envejecido por la página del tiempo, toda persona es amo de su silencio y esclavo de sus palabras. Esa esclavitud se manifiesta en varias formas: la vergüenza, el deshonor, y le da material a la ya mencionada y temida mujer.
La realidad de estos tiempos exige ese adecuado conocimiento y empleo del lenguaje, aunque debido a una equivocadísima actitud no se le quiera dar su valor, a causa de la ignorancia generalizada reinante en la mayoría de habitantes del mundo en estos primeros cuatro lustros del siglo XXI. Ya hace algunos años un entusiasta declaró con toda arrogancia y atrevimiento el fin de la Historia, frase causante de carcajadas perdurables por muchos años y por siglos, estoy seguro. La tragedia política actual de los pueblos latinoamericanos, sobre todo, también tiene base en ese desprecio por el lenguaje, muchas veces porque no se entiende la necesidad de facilitar la comunicación y la unión indispensables para integrarse a un mundo donde las fronteras cada vez son menos.