CONTRASTES¿A dónde va doña Rigo?

CONRADO ALONSO

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Doña Rigoberta Menchu no es ?santa de mi devoción?. Lo sabe el cincuenta por ciento de mis lectores, y el otro cincuenta también. Fue mártir en algún momento de la ola de represión armada vivida en Guatemala y que miles de personas, como ella, padecieron. Hoy ya no. Virgen tampoco, oficialmente, desde que se casó.

Veneración por su vida intachable dedicada en todo momento, como alma devota, a cumplir la voluntad de Dios tampoco puedo ofrecérsela. Pudo haberla conseguido a raíz del otorgamiento a su persona del Premio Nobel de la Paz a finales de 1992. Pero, sus acciones y actitudes siguientes imposibilitan venerarla.

En su trajín constante de ir y venir por todos los rincones del mundo, portando pasaporte extendido por la ONU que le exime de la necesidad de cualquier visa, ha llegado doña Rigoberta a Bruselas, capital política de la Unión Europea. Y ha tocado allá, con la profundidad y sapiencia que le caracterizan, un tema candente.

Según la breve noticia periodística hecha pública doña Rigoberta ?ha mostrado su desacuerdo con las medidas legales adoptadas (por el gobierno español) contra el entorno de la banda terrorista (ETA) en Euskadi?, País Vasco. Es de suponer que conoce a la perfección el procedimiento seguido y legalmente garantizado.

Porque si no lo conoce, y no hay que pedirle que sepa de todo, cuánto mejor habría sido manifestar un poco de comprensión y compasión -las mismas que ella ha venido exigiendo para sí misma y los suyos- por las millares de víctimas golpeadas de uno y otro modo por los actos terroristas y salvajes de la citada banda.

Si ella se cree, no sé quién se lo metió en la cabeza, la ?primera defensora de los derechos humanos en el mundo?, no debe ignorar que para iniciar los pasos dados por un gobierno demócrata y de pleno Derecho se inició, primero, una larga cadena de atentados y terror. ¿Qué dice de esos derechos humanos vulnerados?

Piensa doña Rigoberta ir a lucir por los rincones del País Vasco ese palmito juncal que Dios le ha dado. Hace bien. Encontrará una sociedad civil abierta y ágil, próspera y elegante, no toda simpatizante de los abusos que unos pocos cometen. Ojalá la sorprendan con un vaso de chispeante chacolí que le dé nuevas ideas.

¿Estará doña Rigoberta enojada con el juez Garzón al no prosperar su demanda interpuesta en Madrid? ¿Y no que, en aquel entonces, quería ella enjuiciar a asesinos? Haga cábalas usted, carísimo lector, durante su desayuno dominical sobre lo cambiante que son algunas personas. Hasta la novelada y premiada señora Menchú.

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