ContrastesDescanse en paz

CONRADO ALONSO

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No asistí a la reunión social de la velación de los restos mortales del gran señor del periodismo don Pedro Julio García. No a todos les gusta compartir ese momento equívoco, y yo siento un gran respeto por quienes anteponen y hacen prevalecer su sincera convicción sin temor a que se haga notar su ausencia física.

A cambio, quise dedicarle mi columna de hoy domingo acompañándole, precisamente cuando sus restos serían llevados al lugar de su descanso eterno, por otros parajes y momentos llenos de vida. De una vida, la suya, que casi nació para el periodismo pero que pronto quedaría atada, casi hasta la muerte, con sus ideales.

De las muchas veces que leí sus editoriales en Prensa Libre recuerdo la exactitud profunda de sus razonamientos y la forma elegante y culta en la que eran desenvueltos. De sus apretones de mano, no tantos, y también dentro del territorio del mismo diario, emanaba la sensación de un aprecio cordial y sincero, humano.

Por lo mismo, si quiero dejar plasmado en unas cortas líneas el perfil de don Pedro Julio, no tan serio y adusto como el que sus rasgos físicos parecieron sugerir, no dudaría en arrancar de las páginas de un libro, absorbido por temas periodísticos, la descripción del verdadero periodista y dedicársela a él.

Bien merecida la tiene.

El periodista es, tomado de una clásica romana, ?vir bonus dicendi peritus?. Un hombre honesto -vir bonus- experto en mensajes informativos -dicendi peritus-. Honestidad que se aquilata en la piedra filosofal del periodismo, la objetividad, y pericia en el arte de comunicar al lector la información que desea y tiene el derecho a recibir.

No sé si don Pedro Julio pudo percibir, desde el calor de mi mano apretada a la suya, la transmisión que quería enviarle de mi admiración y aprecio. Al menos, hoy puedo hacerlo, porque siempre lo consideré un periodista sumamente objetivo, con la ventaja sobreañadida de su escritura académica y elegante.

No importa. Don Pedro Julio se nos adelantó únicamente, lo que no quiere decir que nos haya abandonado definitivamente. Es como un atleta -el periodismo fue su especialidad- que llegó primero a la meta y ahora descansa sobre el césped viendo cómo se desenvuelven los rezagados. Difícil es llegar a su marca.

El dolor por su ida no puede empañar nuestro desayuno dominical. Es más, si el par de huevos de nuestro desayuno dominical quiere usted, caro lector, invocar, no dudaría en reconocer que don Pedro Julio los tuvo bien puestos. Todo un hombre. Mis respetos y, no lo dude, seguiremos en la brecha que dejó marcada.

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