CONTRASTESDiamantes somos
No dejo de inquietar a mi curiosidad personal la noticia, transmitida a los lectores el pasado domingo, de que una entidad gringa, y por el precio de tres mil dólares, había encontrado el modo de convertir las cenizas del ser humano en un auténtico diamante. ¿No le satisface a usted, caro lector, tan halagüeño futuro?
Lo que nunca pude imaginar fue la avalancha de llamadas telefónicas que, desde distintos parámetros, preguntaban por datos más minuciosos y concretos. Debo, pues, aclarar que no estoy haciendo ningún trámite para conseguir la franquicia e instalar aquí, en Guatemala, una sucursal que se promete muy interesante.
Renuncio a esa posibilidad y dejo su seguimiento a tantos notables conciudadanos que, inspirados por los adelantos de la ciencia estadounidense, vuelan al instante al norte y regresan como corresponsales de restaurantes y de couriers. Porque montar aquí una fábrica de automóviles, o de motos, sería demasiado tomate.
Igualmente podría avisparse una cualquiera de nuestras muchas empresas funerarias. No será lo mismo llamar a un potencial cliente, generalmente cuando se encuentra en el baño o almorzando, para ofrecerle una residencia eterna bajo un verde prado, o en oscuro nicho, que prometer transformarlo en un puritito diamante.
Aconsejo, pues, a las partes interesadas llamar ellas, antes de ser sorprendidas por la voz dulce e insinuante de quien se preocupa por el descanso eterno de usted, y atosigarlas hasta que implanten en ésta la conversión diamantina de las cenizas del cónyuge, u otro, en una piedra preciosa de altos quilates.
Ya es hora. Una dama me hacía saber que su difunto esposo había sido enterrado en 1972 y que si todavía sería fácil y posible sacar algún provecho, me sospecho que incinerando huesos, a su Nicolás que no fue en vida una joya que digamos. Otra llamada vino de una atribulada esposa convertida por el destino en fumadora pasiva. Me interesó.
Preguntaba si, juntando la ceniza de los muchos cigarros que fuma su esposo y revolviéndola con la de sus restos cremados, podría obtener un diamante de mayor peso y quilates. Me asustan los fumadores, y más ellas, pasivos porque siempre dan por descontado que el activo debe morir antes. Y no siempre es así de feo.
No me han llamado doña Evelyn de Portillo ni los generadores de energía eléctrica, mencionados en mi columna dominical. No importa, porque bien sé que a todos los humanos nos trae en jaque el mate definitivo. Si le abrí un horizonte bello, gócelo, y vaya planeando en qué dedo lucirá el diamante heredado como supérstite.