CONTRASTESDon Abel y el Parlacen

CONRADO ALONSO

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Ni los que están adentro, ni los que están afuera -pero mirando de reojo a ver cuándo les toca su turno-, han sido capaces únicamente de reconsiderar el triste papelón que viene desempeñando el Parlamento Centroamericano. A sus otras capacidades, que indudablemente las tendrán, no me refiero, ni entro a su recuento.

Es, de todos modos, triste, y poco halagüeño dice de sus otras capacidades, que indudablemente las tendrán, prestar su decidido apoyo personal para enlodar, o entelarañar, como quieran, el sagrado recinto y salones y pasillos -de los espejos, de los pasos perdidos, etc. que no hay Congreso que no tenga- de tan noble inmueble.

Noble, y renoble, porque nació para lograr la integración del istmo centroamericano, y porque ya cumplió once años de edad. Dato este último que debería dejarnos suponer que, al menos, se ha instalado en su complejo sicomórfico un atisbo de sentido común y que ha superado los pantalocitos cortos de la tierna infancia.

Don Abel Pacheco, presidente de Costa Rica, quien está afuera del Parlacén y no lo mira de reojo esperando su turno, ha sido capaz, y no me refiero a sus otras capacidades, que indudablemente las tendrá, de tocar a rebato y avisar del fuego lento en el que viene consumiéndose el parlamento. No estoy llamándole bombero.

Ya conoce usted, carísimo lector, los puntos por él planteados y que brevemente son: reducción a cinco, en vez de veinte, congresistas por país; reducción del sueldo; supresión de su elección específica, de la inmunidad y del paso automático al Parlacén de ex presidentes y ex vices; y reducción del período de sesiones a dos.

No todo lo que propone don Abel es atinado. Por ejemplo, que los parlamentarios sean designados por cada Congreso nacional. ¿Dónde queda su representatividad? ¿Y qué me dice usted, carísimo lector, de que pretenda que sólo sesionen dos veces al año y no más de 60 días? Indudablemente, se nos van a enfermar.

Yo sé que tocar el Parlacén está a punto de provocar en el lector una ingrata acidez acrecentada no tanto por los huevos del desayuno dominical cuanto por los de estos señores diputados que ya ve cómo reaccionaron: ni hablar de reducción de salario, y otro que sólo sabe sacarse a luz la arrogancia y el egoismo ticos.

Fritos estamos también nosotros, y a la ranchera, con estos padres de la nación centroamericana.

Sigan en sus trece, regodéennse en representar a dos, o más, naciones de las más pobres del continente. Y si el excesivo trabajo les deja un respiro, examinen qué han hecho para reducir esa pobreza. ¿Cobrar jugosos sueldos.

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