CONTRASTESEl drama de Moscú
La puesta en escena del último drama sobre el tablado del teatro Dubrovka, antes llamado casa de la cultura moscovita -reconocimiento que tardará mucho en recuperar-, ha superado cualquier expectativa de ¿de qué?, ¿de éxito?, ¿de público?, ¿de taquilla? Habrá que olvidar hoy estos criterios valiosos para otra mejor ocasión.
El drama vivido por cientos de rehenes tomados a la fuerza por insurrectos chechenos no ha tenido un final apoteósico, aunque así quiera calificarlo el señor Vladimir Putin. Ciento diecisiete cadáveres de rehenes y varias centenas de afectados por la inhalación de un gas raro, no puede ser un final feliz que reciba aplausos.
No olvido muchas razones en contra de mi opinión que usted tiene en la punta de la lengua. Que eran unos terroristas salvajes los protagonistas del drama, los primeros en correr el telón de su asalto. Que tal ralea de personas no merece consideración alguna. Que el señor Putin hizo muy bien en plantarles cara y no ceder.
Reconozco la validez de tales razonamientos, y les suplico que no me los tiren a la cara como un balde de agua fría. Dejemos el balde, lleno de improperios además del agua, a nuestra vera y abstrayendo,si posible fuera, de tanto enfado que nos vienen produciendo todos los terroristas, tan de moda, veamos el remedio usado.
Ingresa al recinto un contingente de fuerzas especiales provisto de máscaras antigases, porque a través de los conductos de ventilación se ha disparado un gas de acción fulminante, pero no letal. ¿Quién lo asegura? ¿El padre del gas? Pues se equivocó de medio a medio si tuvo tiempo e interés por ver los efectos obtenidos.
El segundo contingente que logra entrar no va provisto de máscaras. Y mucho menos, las tienen los rehenes a los que pretenden rescatar y que, más bien, quedan en sus asientos, o tirados sobre el suelo, empapados y adormecidos, sin retorno, por el efecto del gas usado que demuestra palpablemente ser inmediato y letal.
La pregunta ahora, y después de poner sobre la mesa el supuesto triunfo del señor Putin, es de qué gas se trata. No lo saben ni los médicos que atienden a los cientos de intoxicados. Y los padres de la criatura no quieren revelar su composición ni a los países amigos. ¿Será un gas de los que fabrica y almacena don Sadam?
Puede usted, mi amigo lector, comprender mi inquietud. ¿Quedarán los medios empleados justificados por el fin a obtener? ¿Por qué a unos se les quiere aplicar normas de conducta que los aplicantes desdeñan e incumplen? Esa es mi única pregunta. Y si quiere, puede tirarme ya el balde de sus razonamientos.
Atrévase.