CONTRASTES¿Quién ganó?
Me declaro culpable, li- so y confeso, del gravísimo delito de no conocer diamante alguno.
Absuélvanme, por caridad, ya que mi arrepentimiento es tan fuerte que espero caer en la tentación, antes de morir, de visitar uno de esos campos deportivos y no llegar a la eternidad irreversible con ese pecadillo de omisión a cuestas.
Oída mi confesión, aclaro que otros diamantes me tienen obsesionado. Por ejemplo, los que una firma estadounidense -no la he localizado todavía- ofrece, por una cuota módica, si le hacen llegar las cenizas del familiar fallecido.
No lo eche al olvido, aunque mucho menos lo olvidará la cónyuge supérstite. Se lo aseguro.Ya ha podido colegir el carísimo y astuto lector que pasó para mí sin pena ni gloria el último Campeonato Panamericano de Softbol, el VI, celebrado en esta capital y finalizado el jueves 21 de noviembre con la victoria de la selección norteamericana sobre la canadiense por raspadas seis carreras contra cinco. Lo leí.
Lo que no encontré en la prensa fue un detalle precioso llevado a cabo por los muchachones del norte, que no siempre tienen que ser gringos, donde reverdece, amarillea y termina cobriza, la hoja del maple. ¿Y quiénes iban ser sino los canadienses? De nuevo vuelven a hacer de las suyas, y que sigan haciéndolas.
En el mes de abril pasado nos convocó la embajada canadiense a la magna celebración de la ?Carrera de la Esperanza? en justo recordatorio del indomable Terry Fox.
Siete meses después cita a sus jugadores de sofbol para que, además de jugar -parece que saben hacerlo-, y turistear, alegraran a niños de la calle.
No de cualquier calle, sino de las nuestras, las guatemaltecas, las que usted recorre día a día sin fijarse demasiado en sus habituales e infantiles moradores, o, quién sabe, retirándolos de su camino de un empujón para que no estorben. Me ganaron estos niños, ya han entrado a un diamante de la mano de subcampeones.
Durante tres o más horas, unos ochenta niños y niñas presenciaron, gratis por supuesto, las prácticas de bateo, y de pitcheo -que algo sé-, tomaron en sus manos los bates profesionales y soñaron -seguramente en la noche de ese día- que eran otros campeones. Ah, y comieron donas de la Country Style canadiense.
Total que llegaron, en vísperas de la Navidad, a encontrarse, sin imaginarlo, con Santa Claus, un santa desconocido y corredor, o con tantos cuantos vestían la t-shirt roja canadiense. Mis felicitaciones al equipo. ¿Quién dijo que no ganaron el campeonato? El otro, el humano, el roba corazones. Claro que lo ganaron.