CONTRASTESTarjetas de crédito
¿Qué ha pasado con las tarjetas de crédito? Pues que yo sepa, nada después de la alharaca que se armó cuando el Frente Revolucionario Guatemalteco anunció sus intenciones de meter mano -o la pata, quién sabe- al tema desbordante, desbordado y, para algunos, bordado en oro, de esas tarjetillas multicolores.
No puedo olvidar todavía el efecto traumante que dejó sembrado en mi personalidad el attaché de un yuppy -ambos eran conocidos antes con nombres menos rimbombantes- sentado a mi vera en la sala de espera de una línea aérea antes de abordar el avión. Un viajecito a Miami, o algo así, no a Alemania o Taiwán, ni a Panamá.
Abrió con indiferente prepotencia su, para mí, maletín de viaje y su parte superior dejó a la vista una sobredosis de tarjetas de crédito que llegó a marearme. No pensé en ese momento cuántas estarían vencidas y cuántas más presentarían en contra del joven unos saldos deudores imposibles de pagar holgada y puntualmente.
Pero, quisiéralo o no, lo admiré y envidié. Mucho he tenido que refrenarme para no caer en la tentación de fundamentar la credibilidad, aparente, de mi persona en el efecto multiplicador y multiplicado de la tenencia de un montón de tarjetas de crédito. Con una, buena y bien llevada, o dos, es suficiente a mi gusto. Usted siga el suyo.
Son dichas tarjetas la alternativa más convincente para no llevar consigo un fajo de billetes que los cacos huelen a la primera de cambio. O, por lo menos, eso eran, porque las ciencias ocultas modernas han detectado cómo estafar al tarjetahabiente, y parece que lo están haciendo muy bien y muy a menudo. Son unos linces.
Lo malo, o peor, es que las empresas emisoras de tarjetas de crédito no se hayan puesto las pilas para contrarrestar las acciones indebidas de los estafadores. Puede ser, toque madera, que un avispado, o avispada -que en esto no hay lucha de sexos-, haga uso fraudulento de la tarjeta de usted, caro lector, dando el número correcto.
Y pondrá la firma de usted, falsificada por supuesto, y dará su número de cédula, sin enseñarla, claro está. Al ver el estado, alterado, de la cuenta usted se encabrita y hace el reclamo correspondiente a la compañía emisora. ¿Y sabe qué responde ésta? Que lo siente mucho y que usted debe pagar lo consumido e intereses.
Claro que también ellos, los emisores, tienen corazoncito y, a sus tiernos latidos, le sugerirán a usted que tome un seguro contra fraudes. ¿Acaso los bancos exigen a sus clientes el seguro contra estafas? ¿Podrán ellos ser juez y parte de ese modo tan empírico? Me temo que no. Cuide, pues, no ser doblemente estafado.