EDITORIALPueblos feos y abandonados
El urbanismo es una materia pendiente en casi todos los municipios del país. Los pueblos surgen y crecen en forma anárquica, sin planes que regulen la construcción y los servicios básicos, y el resultado es el de comunidades sucias, polvorientas, con desagües a flor de tierra, mercados pestilentes y sucios que se extienden sin control y casas descoloridas y derruidas.
No se exagera cuando se dice que gran parte de los poblados del país son de mal gusto, y por ese detalle, que parece simple, alejan a quienes pueden constituir una fuente de ingresos en el comercio y el turismo, si a normas mínimas de urbanismo se adicionan planes para desarrollar las potencialidades de cada comunidad, que en Guatemala son ricas y variadas en tradiciones, costumbres, arte culinario, folclore y vestigios precolombinos.
El desorden los convierte en pueblos muertos, en los que pareciera que no viven seres humanos, porque se ha perdido el sentido del ornato, la estética, la funcionalidad y la presencia paisajística agradable. Esa calamidad se agrava con las construcciones privadas, que se hacen sin diseño profesional, al gusto del dueño, que va pensando cómo será la edificación mientras los albañiles echan las bases.
Ese descuido imperdonable ya no tiene ninguna justificación en estos tiempos, en que las arcas edilicias se nutren con abundantes fondos.
Lo que sucede con la eterna queja de los alcaldes por la falta de fondos, es que no saben priorizar y los canalizan hacia obras que aportan poco para el bienestar real, o sencillamente la corrupción devora aquellos recursos.
También ocurre que tanto vecinos como autoridades ediles se sienten cómodos con la precariedad en que viven, porque el ser humano es un animal de costumbres. Y el velo que les evita ver la visión grata de la vida y las cosas, se descorre cuando dejan sus comunidades, van a otros mundos y advierten que es posible vivir mejor.
Eso hace conveniente que los alcaldes salgan de sus pueblos, que conozcan otras latitudes, que se den cuenta que la cultura evoluciona en forma constante y que la búsqueda permanente del bienestar humano está ligada a la dinámica social.
Los guatemaltecos tenemos la dicha de estar rodeados en cualquier solar patrio por la pródiga naturaleza que nos ha obsequiado bosques, lagos, ríos, volcanes, sabanas, clima excepcional y una fauna riquísima y variada que en armonía con nuestros límpidos cielos nos brindan un paisaje indescriptiblemente bello e inigualable.
El drama es que todo ese legado natural es hollado por la indiferencia hacia su protección y porque el marasmo y la indolencia anida en la mente de los obligados a trabajar porque el país se vea bello, como realmente es.
Es sólo un poco de voluntad la que se necesita para cambiar la fisonomía de estos pueblos feos y abandonados, que atribulan el alma del más estoico.