LA ERA DEL FAUNO
El cine taquillero también se mama
No sé a usted, pero a mí me dio curiosidad eso de que el primer discurso de Donald Trump como presidente de Estados Unidos fuera o pareciera plagiado de la película Batman, el Caballero de la Noche asciende. Específicamente, del antagonista Bane, líder de una banda criminal.
Los diarios extranjeros citaron estas palabras de Trump: “No sólo estamos transfiriendo el poder de una administración a otra (…) Estamos transfiriendo el poder de Washington y te lo devolvemos a ti, el pueblo”. Y las compararon con las del villano de la película, dichas en un campo de futbol repleto de gente secuestrada: “Hemos tomado la Ciudad Gótica de los corruptos y de los ricos (…) que te han oprimido con mitos de oportunidades. Y te lo devolvemos a ti, el pueblo”.
La verdad, no creo que se trate de un plagio, sino de un pensamiento ya incrustado, cual membrana, en la mentalidad de líderes políticos que han consumido demasiada droga taquillera y quedaron tontos. Gobernantes o no, estadounidenses y latinoamericanos, gente de carne y hueso mama guiones de cine taquillero y se nutre de ellos como si fuesen teorías. Muchos han hecho así su escuela de pensamiento. La educación se mama, dicen; también, se mama la fantasía. Hace mucho que el cine comercial es una manera de pensar. Es el verdadero tanque aplastante de pensamiento; una escuela de alienación que matricula diariamente a millones de personas en el planeta. Se egresa de ella con parámetros estéticos dictados a la medida del Trump expropietario de la Organización Miss Universo. Toda vez que el mundo se deja cautivar por derivados como Miss Adolescente o Miss Chiquitita, inscribe a más personas que concelebran la destrucción del ser humano.
Se egresa de esa escuela con jerarquías donde los pobres son seres indefensos protegidos por ricos paternalistas, o son latinos, negros, árabes, chinos y rusos que pertenecen a mafias o bandas marginales. Para disimular ese mensaje, guionistas y directores incluyen algún rubio traidor, una mujer guapa y perversa o estúpida, según el guion, que resulta, al final, sometida a la justicia, enamorada o muerta, y todos son felices por siempre jamás. Es el cine y, para que lo sea, por supuesto, tiene que haber fantasía. Lo aquí señalado es que esa fantasía suele moldear la realidad, una realidad hundida en el cráneo de los gobernantes, ramificada en su pepita cerebral cuyo lado aplastado es el que gobierna y marca el destino de millones de personas. Es como depender del tronco de un árbol ya muerto, que alberga gusanillos pululantes en lo marchito como único signo de vida.
En la película, hay escenas todavía más manipuladoras que las del discurso citado. Ni siquiera se puede hablar de una ideología trasegada del cine al espectador, pues no se llega a hilar tan fino, sino de un credo puesto sobre otro, pero absorbido como tratado universal. Los “revolucionarios” de Gótica son, en realidad —en su inmanencia textual—, terroristas, que es distinto. Bane dice que “los poderosos serán arrancados de sus nidos decadentes y arrojados al mundo”. Los vándalos destruyen comercios y un jurado popular, presidido por un joven de aspecto comunista ruso o francés sesentero, hasta con su saco roto, condena a muerte a los justos. Detrás de la imagen del revolucionario mostrado como asesino que ofrece destruir el sistema, hay un personaje de persuasión construido para exaltar el poder y recordarle al mundo que rebelarse es feo, de delincuentes, y que es mejor seguir la directriz de un héroe, un sistema, la Policía, lo corrupto que hay en las sociedades.
@juanlemus9