IDEASLa búsqueda

JORGE JACOBS A.

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Llevaba varias semanas en su infructuosa búsqueda. Los días pasaban y no lograba encontrar el regalo ideal para sus seres queridos en la Navidad que se acercaba. La ansiedad le invadía cada vez más. Había recorrido casi todos los centros comerciales y las tiendas más variadas, pero no encontraba nada que satisfaciera su inquietud.

Luego de un tiempo, pensó que, si él no lograba encontrar algo apropiado para regalar, quizá las demás personas sí. Así que decidió detenerse a observar a la gente, con el propósito de encontrar una pista que lo dirigiera en la dirección correcta.

Primero fue a un centro comercial, punto obvio de partida para semejante pesquisa, y se sentó en una banca a observar a las personas comprar. Unos adquirían juguetes para los niños, otros, joyas para sus novias o esposas, otras más, algún aditamento para el vehículo del esposo. Alguien compraba un oso de peluche y algún juego electrónico, otra, un pantalón de moda, y, por supuesto, no faltaba quien obtenía bebidas espirituosas para regalar a sus amigos y familiares.

Pero había algo que le inquietaba de la escena: un aire de superficialidad parecía rondar en el semblante de todos los afanados compradores. Ninguno de los regalos que compraban le parecía adecuado. Seguía con tanto o más desasosiego que cuando llegó, por lo que con paso apresurado salió y buscó en otros centros comerciales, pero en ninguno parecía encontrar la respuesta a su preocupación. Cansado, se dirigió a la sexta avenida a probar si allí tenía mejor suerte.

Acá no encontró lugar dónde sentarse a observar a la gente, por lo que tuvo que hacerlo caminando, entremezclándose con los sujetos de su observación. Luego de recorrer todo el sector comercial, por los dos lados de la avenida, su aprehensión creció. Las agujas del reloj avanzaban inexorablemente y seguía sin encontrar solución a su inquietud.

En su desesperación, recapacitó que la próxima festividad tenía orígenes religiosos, por lo que en una iglesia seguramente le podrían decir qué era lo mejor para regalar en esa ocasión. Entró a la primera que encontró, en la que casualmente un grupo de personas realizaba los últimos preparativos para la celebración de la Navidad. Intentó hablar con varios de ellos, pero todos estaban afanados en sus quehaceres y nadie le prestó atención. Luego de un tiempo de observarlos, concluyó que ellos tampoco podrían ayudarle en su búsqueda.

Desilusionado, caminó sin rumbo fijo por varias horas, divagando sobre su infructuosa búsqueda. Sin darse cuenta, se fue alejando de las áreas comerciales de la ciudad y, poco a poco, se internó en las áreas marginales. De repente, llegó al final del camino. Estaba al borde de un barranco, en el que se veían chozas humildes, construidas de lámina y cartón. Su primera reacción fue dar la vuelta y regresar, ya que no creía que allí pudiese encontrar la respuesta que buscaba.

Sin embargo, desde una de las chozas escuchó voces y decidió acercarse. En medio de la noche percibió la voz de una mujer que decía: ?Hijo, no te pongas triste porque no tenemos dinero para comprar regalos en esta Nochebuena. Esa sólo es una costumbre que se ha arraigado a esta festividad, pero lo importante es que comprendamos que Jesús vino a este mundo para salvarnos de nuestros pecados y que pudiésemos por medio de él llegar al Padre. Si no entendemos eso, todo lo demás es superficial. El mejor regalo de la Navidad es el amor de Dios en nuestros corazones!

Aquellas sencillas palabras de una mujer desconocida parecieron súbitamente descorrer una cortina que le impedía comprender la verdad. De pronto todo le pareció tan claro. El desasosiego se esfumó. Su corazón se llenó de paz. Dejó de vagar y se dirigió a su hogar. La búsqueda había terminado. Ya sabía qué era lo que iba a regalar a su familia. ¿Y usted?

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