Pluma invitada

El agua que enferma

Ríos contaminados, una deuda de décadas.

Un río no debería tener que tornarse rojo para recordarnos que está contaminado.


El río Las Vacas se tornó rojo y volvió a llamar nuestra atención. El Ministerio de Ambiente investiga qué sustancia produjo la coloración y cuál fue su origen. Debe hacerlo. Pero la pregunta de fondo es otra: ¿cuántas señales necesita un país para actuar ante un problema que conoce desde hace décadas?
La contaminación de nuestros ríos no es nueva. Alrededor del año 2000, una evaluación regional de OPS/OMS señalaba que apenas 1% de las aguas residuales recolectadas por alcantarillado en Guatemala recibía tratamiento. En 2014, OPS reportaba que solo 4% de las municipalidades trataba sus aguas residuales y que la mayoría terminaba en cuerpos de agua, principalmente ríos.


Las Vacas ilustra dramáticamente lo que ocurre cuando el problema se posterga. En 2022 ya era descrito como uno de los mayores desagües de aguas servidas de la Ciudad de Guatemala, altamente contaminado y con poca vida acuática. En 2023, Prensa Libre reportó que una evaluación ambiental encontró cantidades insignificantes de vida en sus aguas. En 2024, otra investigación de este diario documentó contaminación por coliformes fecales y Escherichia coli en la cuenca del Motagua, un sistema de 486 km que atraviesa 95 municipios de 14 departamentos.


Y llegamos a 2026. Tres meses antes de que Las Vacas se tornara rojo, análisis realizados aguas abajo del vertedero de la zona 3 registraron 1.6 millones de NMP/100 ml de coliformes fecales, además de sólidos suspendidos y concentraciones elevadas de nitrógeno y fósforo. La coloración es nueva; la contaminación, evidentemente, no.


El problema tampoco se limita a Las Vacas. Un análisis reciente basado en información del MARN reportó 2,195 descargas de aguas residuales registradas y 672 plantas de tratamiento operando: alrededor del 69% de las descargas reportadas permanecía sin tratamiento. También se ha estimado que 95% de los ríos y lagos del país presenta algún grado de contaminación.

Un río no debería tener que tornarse rojo para recordarnos que está contaminado.


La contaminación de nuestros ríos no es solo un problema ambiental. Es un problema de salud pública, desarrollo y gobernanza. El agua contaminada transmite enfermedad, deteriora ecosistemas, compromete actividades productivas y expone a comunidades enteras. Sus consecuencias no terminan donde termina un río.


Guatemala conoce el diagnóstico. Existen normas, instituciones, estudios, plantas de tratamiento, proyectos y cooperación internacional. Lo que ha faltado es convertir todo ello en un sistema sostenido de prevención, tratamiento, vigilancia, cumplimiento y rendición de cuentas.


La solución no puede ser reaccionar cada vez que un río cambia de color. Requiere identificar y controlar las descargas, ampliar y mantener funcionando el tratamiento de aguas residuales, hacer cumplir las normas, publicar periódicamente la calidad del agua, definir responsabilidades institucionales y municipales, y sostener inversiones más allá de cada administración.


Conocer el problema durante décadas y no resolverlo también es una forma de fracaso institucional. Gobernar también significa anticipar. Se necesita liderazgo con visión para prevenir las crisis del futuro y rendición de cuentas para resolver problemas conocidos que, después de décadas, continúan esperando respuesta. El éxito debe medirse por ríos más limpios, no por proyectos inaugurados o presupuestos ejecutados.


Nuestros ríos llevan décadas enviándonos señales. Las Vacas simplemente acaba de hacerlo en rojo. El problema no es solo el agua contaminada. Es la incapacidad institucional de garantizar agua segura.

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