Pluma invitada
La enseñanza que nos dejó este mundial
Soñaba con una selección celebrando una hazaña con honor, humildad y grandeza.
Como muchos guatemaltecos, crecí en un hogar profundamente hincha de la selección argentina. Nunca cuestioné esa afición. Con el tiempo entendí que nació cuando mi padre era un niño en Zacapa, en las décadas de los 40 y 50. La poca información futbolística que llegaba a Guatemala provenía de revistas como El Gráfico y Clarín. Fue así como se enamoró del futbol argentino, y ese cariño se heredó de generación en generación. Durante mi infancia, los partidos de la Albiceleste eran eventos sagrados. Mi padre y yo veíamos algo más que un simple partido: veíamos historia, veíamos arte, veíamos a jugadores que nos enseñaban que el futbol podía ser una forma de expresión noble.
Como muchos aficionados, yo también albergaba la ilusión de ver a Lionel Messi conquistar un segundo mundial y escribir una página aún más grande en la historia del futbol. Soñaba con una selección celebrando una hazaña con honor, humildad y grandeza. Messi había sido siempre la antítesis de la arrogancia: un genio que nunca necesitó provocar para demostrar su grandeza. Esperaba que este mundial fuera la consagración definitiva de ese legado, no solo en lo estadístico, sino en lo humano.
Sin embargo, lo que vimos fue muy distinto.
Porque las victorias pasan. El ejemplo permanece.
En lugar de ver a los mejores futbolistas del mundo como ejemplo para millones de niños, nos encontramos con una selección dispuesta a ganar a cualquier costo, que dejó en segundo plano valores como el respeto al rival, la deportividad y el juego limpio. No me refiero solo a la intensidad propia de una final. Hablo de pequeñas acciones que, acumuladas, tejen una narrativa: miradas desafiantes, reclamos exagerados, reclamos constantes hacia el árbitro por cualquier decisión, excesiva fuerza, a veces innecesaria, para disputar un balón en zonas sin peligro. Detalles que dibujaron el retrato de un equipo que puso el resultado por encima de todo.
Y cuando el partido dejó de estar bajo su control, las reacciones fueron todavía más preocupantes. Vimos actitudes impropias de la máxima expresión del deporte: provocaciones y comportamientos que difícilmente pueden ser un ejemplo para quienes sueñan con vestir la camiseta de su país. Hubo momentos en que la frustración se transformó en hostilidad, y la hostilidad en espectáculo. No era la furia competitiva de quien lo da todo; era algo más parecido al despecho. Y eso, viniendo de referentes mundiales, duele aún más porque no esperábamos eso de ellos.
El deporte tiene un poder inmenso para formar carácter. Los niños aprenden observando a sus ídolos. Un niño que ve a su jugador favorito burlarse del rival o reclamar con violencia recibe un mensaje claro: ganar justifica cualquier medio. Ese mensaje, repetido en estadios y pantallas, cala más hondo que cualquier discurso sobre fair play. Por eso resulta contradictorio exigir honestidad, respeto y autocontrol a quienes ocupan el escenario más importante del futbol mundial y transmiten un mensaje completamente distinto.
No hace falta enumerar estas acciones con nombre y apellido. Cada aficionado sacará sus conclusiones. Pero vale la pena recordar que el legado de un campeón no se mide por las copas que levanta, sino por la forma en que las conquista. Un trofeo puede brillar décadas, pero la memoria de cómo se obtuvo permanece. Los niños no recordarán el marcador exacto; recordarán las imágenes grabadas. Y esas imágenes construirán su idea de lo que significa ser un ganador. Porque las victorias pasan. El ejemplo permanece.