Pluma invitada
La terquedad de la memoria
Los enormes barriletes engalanan el paisaje y llenan el espacio de colores y algarabía.
Cada noviembre, Guatemala parece escuchar con más atención a sus difuntos. Desde temprano, las familias llegan a los cementerios con flores, comida, agua y hasta sillas. Limpian las tumbas y vuelven a pintar colores que el tiempo había comenzado a borrar. Algunos se quedan un rato frente a una lápida y cuentan historias que atesoran desde hace décadas. En las casas también aparece el fiambre, una comida que aglomera embutidos, quesos, verduras y recetas familiares. Cada familia lo prepara a su manera y cada sabor puede despertar un recuerdo que ya parecía muy lejano.
La IA no entiende lo que significan nuestros recuerdos.
En Sumpango y Santiago Sacatepéquez, noviembre también cambia el cielo. Los enormes barriletes engalanan el paisaje y llenan el espacio de colores y algarabía. Todo esto puede verse como una manera de honrar a quienes murieron, pero también puede entenderse como una terquedad de la memoria. Me refiero a que una persona que ha muerto ya no puede contar una historia nueva y tampoco puede corregir una receta o preguntar quién llegó tarde a comer. Y aun así, en esos días las familias parecen ir a buscarlos a algún lugar. Su presencia queda en quienes siguen aquí, en una voz que alguien recuerda o en un nombre que todavía se pronuncia con cariño.
Esta idea toma un significado especial en una época en la que hablamos tanto sobre inteligencia artificial (IA). Muchas conversaciones de expertos en IA hoy se concentran en cómo proteger a la humanidad y en qué podría pasar con máquinas cada vez más poderosas. ¿Puede la IA volverse incontrolable? ¿Pueden las máquinas llegar a ser una amenaza para nuestra sobrevivencia? Nadie sabe cómo serían realmente esos escenarios. Aunque esas preocupaciones son importantes, hagámonos una pregunta más cercana a nuestra vida diaria: ¿qué queremos conservar cuando hablamos de sobrevivir como especie? Pensemos en una inteligencia artificial capaz de guardar nuestras fotos, mensajes, recetas y voces. Podría reunir una enorme cantidad de información sobre nosotros, incluso imitar la forma de hablar de alguien que ya murió. Pero ni siquiera esa acumulación de datos significaría que hayamos encontrado la manera de “vencer” a la muerte recreando a una persona.
Una máquina podría saber qué echarle al fiambre. Podría revisar una foto familiar y encontrar a la abuela entre todos los que aparecen en la imagen. También podría guardar una grabación de su voz. Pero la memoria humana es diferente. Nuestra memoria conserva lo que las cosas significan para nosotros. Guarda la razón por la que alguien sigue llevando flores a una tumba después de 30 años, un gesto que preserva una historia de amor familiar. Recrear un significado no es lo mismo que vivir el vínculo. Y todas estas tradiciones de noviembre nos recuerdan que una persona no se puede reducir a meros archivos de computadora. La máquina puede describir una relación pero difícilmente puede contener por completo lo que esa relación significa para quienes todavía están aquí.
Dentro de cien años la IA podrá recabar una cantidad enorme de información sobre la Guatemala de 2026. Podría saber cómo eran nuestras ciudades y hasta identificar nuestras caras en fotos antiguas. Pero ojalá también pueda encontrar constancia de que íbamos al cementerio. Que cocinábamos para recordar a nuestros muertos. Que contábamos sus anécdotas. Que volábamos barriletes mientras pensábamos en quienes ya no podían acompañarnos. Y bastaba con que alguien recordara nuestro nombre y se lo enseñara a alguien más.