Pluma invitada
Prepárate para el circo
Como ciudadanos, no podemos mantenemos en la conformidad de los discursos bonitos.
Prepárese para que se levante nuevamente el telón. Dentro de unos meses comenzará el espectáculo que cada cuatro años ocupa plazas, carreteras, redes sociales y titulares. Cambiarán algunos rostros, aparecerán nuevos personajes y los libretos tendrán ligeros ajustes; pero la función será, en esencia, la misma: promesas grandiosas, soluciones instantáneas y la ilusión de que ahora sí todo será diferente. Veremos cómo copian mensajes de países vecinos con el propósito de “darle atol con el dedo” a la población, saludando con sombrero ajeno el éxito de acciones efectivas en otras naciones para vendernos una esperanza de cambio.
Esa brújula moral no puede ser un adorno retórico.
El pasado 21 de junio se celebraron elecciones en Colombia. El candidato ganador, como buen camaleón, se transformó en un Bukele colombiano, prometiendo mano dura contra el narcotráfico, el terrorismo y el crimen. No es casualidad que en distintos países de la región los candidatos comiencen a parecerse entre sí. Los estrategas descubren qué narrativa genera más apoyo y rápidamente la exportan como si fuera una fórmula universal.
En Guatemala, no debería extrañarnos que todos los candidatos coincidan en el mismo discurso. Pero no lo ofrecerán con intención de cumplirlo, sino porque saben que eso es lo que todas las naciones piden: paz, tranquilidad y oportunidades para prosperar. Lamentablemente, será muy difícil discernir quién lo dice por convicción y quién solo por repetir el libreto.
Precisamente ese es el reto de los guatemaltecos: aprender a distinguir entre el discurso bonito y la convicción auténtica. No basta con que un candidato encadene las palabras correctas; hay que ver su historia, sus compañías, sus intereses, sus silencios y sus acciones. Un país no se reconstruye con frases de campaña, sino con carácter, principios y decisiones firmes. Ya vimos cómo el gobierno actual prometió ser distinto, pero no ha logrado hacer nada. La infraestructura está peor que nunca, y las soluciones que mueven la aguja han venido del sector privado, por necesidad, ante un gobierno que no cumple su deber.
Como ciudadanos, no podemos mantenemos en la conformidad de los discursos bonitos, si votamos por quien mejor nos suena, sin indagar quiénes son realmente los candidatos y, más importante, quiénes los financian. Mi consejo ante el próximo proceso electoral es: dejemos la apatía, involucrémonos en el proceso y tomemos una decisión informada. Porque quizá el problema no sea que los políticos mientan, eso ocurre en todas partes. El verdadero problema es que cada cuatro años seguimos premiando las mismas estrategias de manipulación. Los políticos no diseñan campañas para convencer ciudadanos informados. Diseñan campañas para emocionar votantes distraídos.
Además, también debemos considerar otro tema de fondo. Necesitamos que los candidatos recuperen la brújula moral. De nada sirven las carreteras, los puertos, las leyes y los presupuestos si se pierde el respeto por Dios, la familia y la dignidad de la persona. Quien pierde esos cimientos, extravía el rumbo. Esa brújula moral no puede ser un adorno retórico; debe ser una fuerza viva que nos recuerde que la autoridad sirve, que la libertad exige responsabilidad y que no solo hay que hacer las cosas, hay que hacerlas bien. Eso deben tenerlo en cuenta candidatos y ciudadanos.
Porque cuando se apaguen las luces del espectáculo, se desmonten las tarimas y desaparezcan los jingles, solo quedarán las consecuencias de nuestro voto. Ese día el circo habrá terminado… y comenzará el gobierno que nosotros elegimos.