PERSISTENCIA
Una ciencia intrusa
El psicoanálisis se introduce patético, abrumador —molesto, intruso, sin invitación—, en todo lo concerniente al arte y a la ciencia que gira en torno al humano y a su destino. De la medicina, su campo específico, salta a la antropología, acapara, luego, la sociología, economía e historia, para situarse categórico, rebelde, atrevido, insolente, en el mundo del arte: literatura, artes plásticas, escultura y ¡hasta en la música!
Desde que surge ese poeta obseso, con aires de psicólogo, llamado Freud, con sus delirantes y obscenas teorías (dichas, eso sí, en un lenguaje de pureza genuina) y con su indiscreto, inoportuno e irritante psicoanálisis, que hurga en lo que no debe, en el prohibitivo espacio y tiempo del humano (que se resguarda de las penosas y molestas verdades ocultas en las tenebrosidades de sus almas amuralladas y enfermas), el mundo occidental parece haber dado una voltereta como aquella de don Quijote de la Mancha ante Sancho, y que es bueno recordar, a manera de esparcimiento, para rescatar las similitudes entre un “loco divino” y otro “loco humano” que quisieron cambiar al orbe.
Y es grande mi contento cuando me parece verlos pasearse tomados del brazo (a Don Quijote y a Freud), entre las multitudes, en finos, académicos pero indiscretos diálogos, impropios para los políticos, los usureros o cualesquiera otros sectaristas del miedo. Y escandalizando no solo por lo que dicen, sino por su límpida desnudez, pues ambos saben que todo ropaje es una mentira que oculta al verdadero hombre. (Y viene al caso recordar que Freud, para leer mejor su obra preferida, Don Quijote de la Mancha, hubo de estudiar a fondo la lengua española, que luego —en su locura—, manejó con maestría. ¡Cosas y casos, personas y personajes los de esta tierra, bendita mil veces y, otras tantas, malditas!
Es a la vez, grato y dramático ver a estos dos personajes (y a otros tantos que les siguen en sus endiabladas peripecias), andar entre los mercaderes eternos que se dedican a minuciosidades tales como de qué manera No hacer el amor y Sí la guerra. Pero van tan ensimismados en sus vesanias por rescatar al humano de sus enojosas crueldades y sufrimientos —en busca siempre de los inválidos, más que el cuerpo, del alma—, con una misma fe en la capacidad del humano, no solo de odiar sino también de amar, que no prestan atención a las sátiras, burlas, mezquinas risitas, envidias y rencores de que son inevitable blanco.
Y como don Quijote, que quiere redimir al mundo rescatándolo de la impudicia, vanidad, abuso de poder, fatal codicia, odio y violencia, y va en busca de los desamparados (que cuando ya se ven amparados se vuelven contra él, como le sucedió con “los galeotes” cuando les dio libertad), así Freud, con no menos locura, se propone abrirles los ojos a los humanos para que penetren, así, en sus sueños, que encierran sus verdades, e inducirlos al propio conocimiento, que los hará no solo mejores, sino más libres. También amará y se entregará a los humanos, que extraviada su mente caen en los peores suplicios y sufrimientos. Y en su ingeniosa audacia, crea nuevos métodos para salvar al hombre de sí mismo, su peor y fatal enemigo.
Pero, poco a poco, el mundo se va contaminando de la locura de estos dos personajes: El Quijote se impone como el más alto valor humano.
Freud, tan humano como El Quijote (por lo tanto, con patéticos defectos similares), encuentra sus verdades no en los cuerdos, sino en los locos, a los que trata, retrata y ama. En su hazaña por salvar del sufrimiento a los locos, se encierra por años, no para leer libros de caballerías, sino sus propios sueños. Total, el mismo resultado: no pierde del todo la razón, pero sí encuentra la sinrazón, los instintos, el inconsciente que, al ser desconocidos por el hombre, lo clavan en una nueva cruz de pavor y sufrimiento.