Reportajes

Jorge Ubico: el excéntrico “señor 25”

El presidente Jorge Ubico era, según algunos escritores que lo conocieron, impulsivo, megalómano, con rasgos de paranoia, de delirios de persecución, mitómano y narcisista.

Por Claudia Palma

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Jorge Ubico
Una de las muchas postales de su campaña presidencial pagadas con fondos del Estado.
Una de las muchas postales de su campaña presidencial pagadas con fondos del Estado.

“Don Arturo Ubico y Urruela, licenciado en leyes, y doña Matilde Castañeda de Ubico, recibieron el presente con alborozo, y con las ceremonias de estilo dieron nombre al niño y le pusieron Jorge”, así narra Carlos Samayoa Chinchilla, el escritor del libro “El dictador y yo”, la llegada del que años después se convertiría en el gobernante de Guatemala. Samayoa Chinchilla, además, fue su secretario general.

Ubico nació en el seno de una familia acomodada. Su padre fue el eterno presidente de las asambleas legislativas de Manuel Estrada Cabrera.

De niño tenía algunos rasgos extraños como quemar sus juguetes y sacarle los ojos a los pájaros, dio a conocer su nodriza, Toribia de Rodena, citada por Carlos Alberto Sandoval Vásquez, autor del libro Leifugados.

Aunque ingresó a la Escuela Politécnica en 1894 con la promoción 692, no se graduó. Dos años después, “con influencias de su padre, logró que le dieran un despacho de subteniente de infantería”, afirma Samayoa Chinchilla.

Cuando fungió como jefe político de Retalhuleu, Sandoval Vásquez asegura que “usaba como pisapapeles la calavera de un mexicano a quien aplicó la ley fuga”.

El número de la suerte

Ya en el poder, según Samayoa Chinchilla, “el acto o la sonrisa más insignificantes podían adquirir, en determinadas circunstancias, suma gravedad o trascendencia”. Además, padecía de ataques de hipocondría. El aislamiento “era en él algo impresionante”, agrega.

Su número favorito era el 5, el mismo de las letras que conformaban su nombre y también su apellido. En esa cantidad se organizaron los “núcleos” que lo llevaron a la presidencia.

El 25 —múltiplo de 5—, fue el número de palabras que, por lo general, empleó en consultas y telegramas. De ahí su sobrenombre “Señor veinticinco”, cuenta Samayoa Chinchilla.

Comparecer como enemigo o denunciado era exponerse a ser abofeteado, insultado y más de alguno sintió su puño. A estas conductas Sandoval Vásquez llama “desdoblamiento napoleónico”.

Para este autor, Ubico tenía episodios de paranoia clásica, citando al psiquiatra François A. Delmas, explica que se trata de “una tendencia exagerada del orgullo, es decir, un exceso de estimación, propia de las hipertrofias del yo, las exageraciones de la personalidad del egocentrismo, la egofilia y la megalomanía”.

“Los paranoicos pierden los límites entre lo posible y lo imposible y caen en una psicosis que va acompañada de los delirios de persecución y grandeza”, añade.

Ubico, de acuerdo con Sandoval Vásquez, salía todas las tardes en su automóvil rodeado de militares con ametralladoras. Desde la casa presidencial se le comunicaba a la Guardia de Honor para que tocaran las trompetas y la guarnición del cuartel debía presentar armas en el parque.

Efraín de los Ríos en su libro Ombres contra Hombres asegura que el Estado, en tiempo del gobernante, hizo uso de los prisioneros delincuentes para atormentar a sus enemigos.

Al igual que Manuel Estrada Cabrera, Ubico “cohesionó el Ejército y amplió el sistema policial, principalmente el secreto, para fortalecer la cultura de la delación”, cita en su tesis el historiador Agustín Haroldo Locón.

El 10 de noviembre, fecha de su cumpleaños, y el 14 de febrero, cuando se celebraba el aniversario de su gobierno, los edificios públicos y la Sexta Avenida se decoraban con arcos y fotografías suyas.

A su servicio tenía 25 carros con “apodos patibularios” como Tata Dios, el sobrenombre de Roberto Isaac, un sádico asesino. También tenía 20 radios que hacía sonar todos al mismo tiempo.

“A los cocineros les estaba prohibido repetir un plato durante meses”, detalla Sandoval Vásquez.

En una ocasión una abeja lo picó y a los pocos días emitió un acuerdo en el cual especificó la distancia que debía haber entre un camino y un apiario.

En los fotograbados de la época siempre lucía con dos décadas menos de las que tenía.

También solía jugar a la ruleta rusa apostando contra sí mismo. Alguna vez se le vio vestido de marinero en una lancha en el Lago de Amatitlán. También se disfrazaba de indio americano para practicar tiro al blanco.

El 23 de mayo de 1935, el obispo Alberto Levame le solicitó una audiencia que, inicialmente, le fue concedida para el 31 de mayo, pero después pidió que se le avisara que lo recibiría el 28. Por un olvido la orden no se cumplió, así que el gobernante enfurecido hizo afeitar el bigote a los empleados y sirvientes de Casa Presidencial, afirma Samayoa Chinchilla.

Quizás la más intrigante de todas sus anécdotas es la que escribió su fiel secretario general, ocurrida durante un viaje a la Bahía Graciosa: “Absorto estaba en mi inocente tarea (de recoger conchas en la playa) cuando tras unos peñascos divisé a una corpulenta y sonrosada dama que avanzaba hacia mí en sumario traje de baño y con una cubeta en la diestra. ¿Espejismo? ¿Alucinación? ¡Nada de eso! Era el General Ubico”.

El gobierno de Ubico, coinciden los autores, más allá de excentricidades, reflejó un capítulo de arbitrariedades, crueldades y delaciones.